Votar en tiempos de desinformación: el reto pedagógico que plantea ABC Electoral

Votar no es solo marcar una casilla. En Colombia, participar en elecciones hace parte del derecho ciudadano a intervenir en la conformación, ejercicio y control del poder político, reconocido en el artículo 40 de la Constitución. Pero entre ese principio y la experiencia concreta de un primer votante hay una distancia que no siempre se resuelve con buena voluntad: muchas veces se atraviesa con dudas, información fragmentada y desconfianza.
Ahí aparece el sentido de ABC Electoral, un proyecto del Centro de Estudios para el Desarrollo Humano Integral (CEDHIN) de la Universidad de La Sabana que optó por un camino más modesto, pero también más útil: hacer pedagogía desde los jóvenes y para los jóvenes. Según las respuestas del equipo del proyecto, la iniciativa se desarrolló con una metodología mixta que combinó entrevistas semiestructuradas, encuestas a jóvenes universitarios y producción de contenidos digitales en formatos como reels y carruseles para explicar conceptos clave del sistema electoral colombiano. Entre sus propios hallazgos preliminares, el equipo identificó un interés real por participar, junto con vacíos importantes sobre cómo funciona la votación y qué se decide en cada elección.
Esa prudencia importa. La encuesta compartida por el proyecto registra 38 respuestas y una concentración demográfica muy marcada: 74 % de las personas encuestadas tenía entre 21 y 24 años. Por eso, más que presentar estos datos como una fotografía del país, conviene leerlos como un termómetro localizado de preguntas, percepciones y confusiones que pueden orientar acciones formativas dentro y fuera del campus.
Leído así, el hallazgo más diciente no es la apatía, sino la mezcla entre interés y desconocimiento. En la encuesta, 82 % dijo haber votado en las pasadas elecciones legislativas y 97 % consideró importante hacerlo; sin embargo, también aparecieron vacíos sobre el funcionamiento institucional: 47 % no identificó claramente la diferencia entre Senado y Cámara, 34 % dijo no conocer las funciones del Senado y 55 % las de la Cámara de Representantes. Es decir, hay disposición a participar, pero no siempre herramientas suficientes para hacerlo con claridad.
Ese punto converge con hallazgos de otras mediciones de mayor escala. El estudio Jóvenes en Sociedad 2026, difundido por Fundación Corona, reportó que más del 70 % de los jóvenes aún no había definido su voto presidencial y que una de las barreras para participar era la falta de información sobre cómo involucrarse políticamente. Las dos fuentes no son equivalentes en alcance, pero sí coinciden en algo de fondo: no basta con pedirles a los jóvenes que voten; también hay que explicarles mejor cómo funciona aquello en lo que están llamados a decidir.
La dificultad crece en un entorno mediado por plataformas digitales. La UNESCO ha advertido que los jóvenes enfrentan un “desafío significativo” de misinformación y desinformación en plataformas digitales, mientras que la Misión de Observación Electoral en Colombia ha señalado que, en época electoral, los contenidos falsos se viralizan con rapidez y se amplifican junto con discursos de odio. Las dos fuentes convergen en el diagnóstico general: el problema no es solo acceder a información política, sino hacerlo en un ecosistema donde también circulan versiones engañosas, simplificaciones extremas y relatos diseñados para activar emociones antes que comprensión.
Eso ayuda a entender por qué, dentro de los insumos recogidos por ABC Electoral, aparecen menciones a creencias erróneas sobre el voto en blanco, el voto nulo o la idea de que el sistema electoral carece de transparencia. De hecho, la propia Registraduría ha tenido que responder de manera explícita a esos mitos en sus materiales pedagógicos. En su información oficial, por ejemplo, aclara que el voto en blanco es una expresión política de disentimiento “con efectos políticos” y desmiente el mito según el cual este se suma automáticamente a algún candidato. Cuando una confusión debe ser corregida por la autoridad electoral, deja de ser un detalle anecdótico y se vuelve una necesidad formativa.
También por eso la pedagogía electoral ya no puede pensarse solo en cartillas largas o en lenguaje técnico. La Registraduría describe su Sistema Integral de Capacitación Electoral como una herramienta para consultar información oficial, oportuna y veraz sobre el sistema electoral, y el propio proyecto ABC Electoral decidió traducir ese espíritu a los lenguajes que hoy consumen muchos jóvenes: piezas breves, visuales y compartibles en redes. No porque el formato resuelva por sí solo el problema, sino porque ignorarlo dejaría la conversación pública en manos de quienes simplifican, distorsionan o polarizan.
En ese sentido, el mayor valor del proyecto no está en convertir una encuesta pequeña en una gran tesis nacional, sino en reconocer algo más honesto: que el voto joven necesita mediaciones pedagógicas concretas. Necesita espacios donde alguien explique, sin solemnidad pero con rigor, por qué importa el Congreso, qué hace una segunda vuelta, cuándo un voto es nulo y por qué la política no empieza ni termina en un clip viral. Más que combatir una supuesta indiferencia generacional, el reto parece ser otro: acompañar la formación de criterio en medio del ruido.
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