Historias del campo: construir confianza para visibilizar la ruralidad

Adriana Silva Espinosa, graduada de Comunicación Social y Periodismo, ha hecho de la comunicación un puente entre lo urbano y lo rural. Con El Agroparche, su proyecto en redes sociales, se centra en difundir conocimiento sobre el campo colombiano por medio de narrativas creativas.
“Este no puede ser mi país”, pensó Adriana Silva consternada. Cursaba su práctica profesional en la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) cuando le pidieron buscar unas fotografías en los archivos de la institución. Al encontrarlas, fue consciente de una situación que hasta entonces desconocía. Las imágenes mostraban a niños colombianos con desnutrición crónica.
“En ese momento, entendí la Colombia en la que vivía. Me di cuenta de que quienes habitamos las grandes ciudades tenemos un gran desconocimiento de la realidad de quienes están en los territorios”, recuerda. Ese choque de realidad fue el fin de lo que ella llama su “burbuja urbana" y el inicio de un propósito que ha definido sus últimos 15 años de carrera: ser un puente informativo entre el campo y la ciudad.
Tras finalizar su práctica, la trayectoria de Adriana despegó hacia proyectos de gran escala en instituciones internacionales. Su labor en la FAO la llevó a diseñar e implementar la estrategia de comunicación de una alianza de los ocho países para el manejo integrado del bioma amazónico, aportando desde la cooperación internacional al manejo coordinado de áreas protegidas. “Allí me conecté con la problemática medioambiental y la sostenibilidad de una manera real”, explica.
Entre sus experiencias posteriores estuvo el rol como gerente de comunicaciones para Solidaridad Network, una ONG holandesa. Allí trabajó para que productores colombianos de café, cacao y flores alcanzaran estándares de calidad que les permitieran exportar a Europa, fortaleciendo sus prácticas sostenibles y mejorando sus condiciones de vida.
Además, trabajó para la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). “Estuve en programas enfocados en agricultura y desarrollo rural y también en iniciativas de fortalecimiento de la sociedad civil. Con ese trabajo, fui a zonas de conflicto y con grandes brechas, como Caquetá, Córdoba y Catatumbo”, comparte.
En todas esas etapas, Adriana forjó una visión clara sobre su trabajo con comunidades: “nosotros no vamos a ningún territorio a enseñarle nada a nadie. Vamos a construir conocimiento con los agricultores y las familias rurales”, afirma con convicción.
Mucha de su experiencia resultó en un proyecto digital que le ha permitido ampliar el alcance de su propósito. Por medio de El Agroparche, en Instagram y TikTok, cuenta historias de la ruralidad por medio de las narrativas digitales, con humor y creatividad, como una estrategia para continuar aportando al cierre de brechas entre la ciudad y el campo.
Construir país desde los territorios
Su interés por construir contenido digital en esta materia nació después de conocer el país a fondo, conectando con personas cuyas historias, sentía, no podían quedarse sólo en su memoria. “He estado en lugares del país en los que, si quisieras buscar una agencia de viajes que te lleve a ellos, no la encontrarías”, asegura Adriana. Su trabajo le ha permitido conocer historias de familias rurales que han transformado no solo su entorno, sino también la visión que ella misma tenía sobre el impacto de su profesión.
Un ejemplo de ello ocurrió en el Catatumbo, mientras trabajaba en un programa de USAID. Allí conoció a Andrés* y Camilo*, dos jóvenes cuya realidad estaba cercada por el cultivo de coca y la precariedad económica. Sin embargo, un programa de capacitación en café abrió una oportunidad en sus vidas: Camilo resultó ser un catador excepcional y Andrés descubrió una pasión profunda por el barismo.
“Generalmente, los programas de desarrollo llegan a decir qué prácticas agrícolas no están bien, pero no toman en cuenta que el productor muchas veces no consume el café como lo hace el resto del mundo”, plantea Adriana para explicar el factor diferencial de esta iniciativa. “Al enseñarles catación y barismo, les muestras a qué sabe todo lo que están haciendo en el cultivo. Ellos vendían un producto y no entendían por qué les pagaban mejor si aplicaban buenas prácticas, pero cuando lo entendieron, se enamoraron del proceso”, amplía.
Más allá de adoptar esos estándares, para estos jóvenes el café se convirtió en una puerta de esperanza para cambiar su rumbo y el de su comunidad. De hecho, fue en un taller de comunicación en Ocaña donde Adriana reconoció en Andrés a un líder que, bajo sus propios lenguajes y formas, tenía el potencial para movilizar a otros a su alrededor. Así, él se fortaleció como un gestor social capaz de inspirar a otros jóvenes del Catatumbo a cambiar la coca por el café, demostrando que había un camino de legalidad y orgullo que nacía de su propia identidad.
Adriana conectó con esta historia al punto de asumir el proyecto cafetero como algo personal. Por eso, reunió a varios profesionales de su red de contactos para apoyarlos: diseñadores, expertos en inteligencia artificial y una abogada especialista los ayudaron a registrar su marca. Así nació Rayo Coffee, un tributo al Catatumbo, que hoy se materializa en un café que está abriendo su operación en Convención, Norte de Santander.
“Me enamoré de su lucha porque estas son las personas que realmente pueden cambiar el territorio desde adentro. No es lo mismo que llegue alguien de afuera a decir qué hacer, a que lo diga un líder como Andrés”, afirma Adriana. Para ella, historias como esta dan cuenta de que, con su profesión, puede generar un impacto que trasciende la realidad de un hogar y se extiende a toda una comunidad. “Si yo inspiro a Andrés, él inspira a veinte más. La comunicación tiene el potencial de cambiar la mentalidad para luego construir una realidad diferente”, reflexiona.
En este punto, Adriana evidencia que su trayectoria ha sido un constante recordatorio de los principios periodísticos que aprendió en su paso por la Universidad de La Sabana. “Mi primer día en la universidad, la reflexión de un profesor sobre la prudencia me dejó pensando mucho”, confiesa. En su caso, ha comprendido que la comunicación tiene un peso real sobre la vida de las personas. “Hay historias muy inspiradoras y bonitas, pero detrás de las que también hay realidades muy duras que uno quisiera comunicar. Sin embargo, es muy importante la prudencia para saber cuándo compartir la información delicada y cómo”, concluye.
*Los nombres de los personajes fueron modificados para proteger su seguridad.
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