¿Estamos buscando el amor en el lugar equivocado? El impacto de las apps de citas en los vínculos duraderos

En el 2026, encontrar pareja puede parecer más fácil que nunca: basta con deslizar el dedo. Un gesto mínimo, casi automático, que promete abrir la puerta a cientos —o miles— de posibles conexiones. Sin embargo, detrás de tantas opciones, emerge una paradoja inquietante: disminuye la capacidad de sostener relaciones duraderas. Al respecto, conversamos con Brenda Liz Rocha, directora del Instituto Latinoamericano de la Familia.
Las aplicaciones de citas —lideradas por plataformas como Tinder, Bumble o Grindr— no solo han transformado la forma en que las personas se conocen. También han cambiado, de manera más silenciosa, la forma en que entienden el amor, el compromiso y el vínculo con el otro.
Hoy, más de 350 millones de personas usan este tipo de plataformas en el mundo, en un mercado que supera los 6 mil millones de dólares y se estima que para 2034, alcance los 19.500 millones de dólares, con una tasa de crecimiento anual del 8%, según, Business of Apps. Pero el debate ya no gira en torno a su eficacia. La pregunta de fondo es otra: ¿qué están haciendo estas herramientas con nuestra manera de relacionarnos?
En entrevista con Brenda Liz Rocha, directora de Profesores e Investigación del Instituto Latinoamericano de la Familia (ILFARUS) de la Universidad de La Sabana, se exploró a profundidad esta tendencia que hoy lleva a cuestionar la forma en la que se construyen las relaciones modernas.
¿De qué manera la disponibilidad infinita de perfiles en las apps de citas afecta nuestra capacidad de comprometernos con una sola persona a largo plazo?
Ya en 2004, el psicólogo Barry Schwartz describió con precisión, en su obra sobre la paradoja de la elección, cómo el incremento desmedido de opciones no amplía la libertad del individuo, sino que la debilita. A mayor número de alternativas, mayor es la carga cognitiva, el miedo a equivocarse y la probabilidad de insatisfacción con lo que finalmente se escoge.
La insatisfacción, en muchos casos, no respondía a problemas reales dentro de la relación, sino a una percepción distorsionada alimentada por la constante exposición a posibilidades externas. Cuando el horizonte de posibilidades permanece abierto de manera indefinida, comprometerse con una persona concreta implica, de forma simbólica, cerrar todas las demás puertas. Eso, en una cultura que glorifica las opciones, puede sentirse como una pérdida antes que como una elección.
Al presentar a las personas como catálogos visuales, ¿estamos transformando la búsqueda de pareja en un proceso de "consumo" en lugar de una construcción emocional? ¿Qué efectos tiene eso en los vínculos duraderos?
Las plataformas de encuentro están diseñadas para que se tomen decisiones sobre otros seres humanos en cuestión de segundos, casi siempre a partir de una imagen. Desde un aspecto psicológico, sabemos que esto tiene consecuencias. Cuando el primer filtro es visual y la decisión ocurre en menos de tres segundos, como lo han documentado académicos como Pizzolante, lo que se activa no es el juicio relacional, sino el juicio estético y eso transforma al otro, deja de ser alguien por descubrir para convertirse en alguien por evaluar.
Construir un vínculo desde la comparación y la jerarquización es un punto de partida muy distinto a hacerlo desde la apertura genuina hacia el otro y esa diferencia inicial tiene un peso enorme en lo que viene después.
¿Cómo influye la gratificación instantánea de un “match” en nuestra tolerancia a los conflictos naturales que surgen al inicio de una relación real? ¿Los matches, el rechazo o ghosting afectan la autoestima y la vinculación emocional?
Cada "match" no es solo una notificación, es un pequeño disparo de dopamina, el mismo mecanismo de recompensa que activan las redes sociales. Cuando el cerebro aprende a esperar esa recompensa de forma inmediata, la tolerancia a la espera, al silencio, al proceso lento del vínculo, disminuye considerablemente.
El ghosting, esa desaparición sin explicación ni despedida, ya no es una rareza; lo que más me preocupa desde la asesoría no es la conducta en sí, sino el aprendizaje que instala, si las relaciones pueden terminar abruptamente, sin aviso y sin razón aparente, el cerebro extrae una conclusión silenciosa pero poderosa, el esfuerzo afectivo no vale la pena y con esa premisa instalada, construir algo duradero se vuelve mucho más difícil.
¿Hasta qué punto confiar en la compatibilidad dictada por un algoritmo limita nuestra apertura a conocer personas que, aunque diferentes a nuestro "tipo" ideal, podrían aportarnos una mayor riqueza vincular?
Los algoritmos de compatibilidad funcionan bajo una lógica de similitud. Algunas investigaciones de la Universidad de Chicago y del MIT han descrito este fenómeno como "burbujas afectivas" y creo que es una metáfora muy precisa, un espacio cómodo, sin fricción, pero también sin verdadero crecimiento. El algoritmo puede facilitar un primer encuentro, pero no puede fabricar profundidad, esa es una construcción humana, lenta e imperfecta, que exige algo que ninguna plataforma puede programar: la voluntad de quedarse cuando las cosas se complican.
Conviene subrayar que la profundidad relacional no es un producto algorítmico, es una construcción humana, sostenida en la capacidad de acoger la alteridad, negociar las diferencias y cultivar la permanencia más allá de la lógica de la optimización.
¿Facilita el entorno digital la desconexión emocional y la falta de responsabilidad afectiva al tratar al otro como un perfil descartable?
Una de las transformaciones más silenciosas que ha traído el entorno digital es la reducción del “costo de salida”. Antes, terminar una relación, incluso incipiente, requería un mínimo de presencia, de palabra, de responsabilidad, hoy, basta con dejar de responder. Cuando el otro deja de ser una persona y se convierte en un perfil, la empatía se desactiva con mayor facilidad y cuando la empatía se desactiva, la responsabilidad afectiva se diluye. Lo que queda es un vínculo frágil, intermitente, funcional, útil mientras conviene, descartable cuando incomoda, eso no es una relación, es una transacción con ilusión de afecto.
¿Se han perdido las etapas tradicionales de conocimiento profundo en favor de una validación externa basada en la imagen y la eficiencia del tiempo?
Durante siglos, conocer a alguien fue un proceso gradual, requería conversación, tiempo compartido, observación en distintos contextos. Hoy los usuarios de las aplicaciones deciden si quieren conocer a alguien exclusivamente a partir de su perfil digital, antes de que haya existido ningún intercambio real, es decir, la evaluación precede al encuentro.
En las relaciones humanas, lo esencial rara vez se revela de inmediato. Comprimir ese proceso no lo optimiza, lo empobrece y cuando reducimos el conocimiento del otro a lo que cabe en una pantalla, corremos el riesgo de confundir la imagen proyectada con la persona real.
¿Estamos buscando el amor en el lugar equivocado o simplemente estamos usando nuevas herramientas sin haber aprendido a relacionarnos mejor?
Sería deshonesto de mi parte concluir que las aplicaciones son el problema, no lo son, o al menos no en términos absolutos. La tecnología ha avanzado mucho más rápido que nuestra madurez relacional. Sabemos iniciar conversaciones, pero nos cuesta sostenerlas, sabemos conectar, pero nos cuesta permanecer. Esa es, creo, la paradoja más profunda de nuestra época: nunca fue tan fácil encontrarse y, sin embargo, nunca fue tan difícil quedarse.
La tecnología puede optimizar el inicio del encuentro, pero no puede resolver lo que el vínculo humano siempre ha exigido: paciencia, constancia, responsabilidad afectiva y la capacidad de reconocer en el otro a un fin en sí mismo, nunca un medio. El desafío no es abandonar estas herramientas, es usarlas sin perder de vista lo que hace que una relación valga la pena.
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