Día Mundial de Prevención del Suicidio: la mayoría de las víctimas nunca vio a un psiquiatra

Datos del 2025 de la OMS indican que cada año mueren más de 720.000 personas por suicidio, siendo esta la tercera causa de muerte entre personas de 15 a 19 años, es decir entre una población en etapa productiva y que por lo general cuenta con un estado de salud física óptimo. A nivel nacional la mayoría de las personas que toman esa decisión no consultan con antelación un psiquiatra. Esto también tiene que ver con la ausencia de profesionales en este campo, pues se estima que el país cuenta con dos psiquiatras por cada 100 mil habitantes. Pero los suicidios no solo afectan a quien pierde la vida, también representan un factor de riesgo para el resto de la población y particularmente para la familia y amigos, convirtiéndose en un asunto de salud pública que deber ser atendido.
Yahira Guzmán, psiquiatra de la Facultad de Medicina de la Universidad de La Sabana, pone en discusión que, cuando un médico sigue de frente a un paciente en riesgo de suicidio, “tiene más peso su ‘impresión’ personal que el resultado que pueda mostrarle determinada escala. Por eso, diseñar una escala que mejore los diagnósticos no es suficiente; hay que enseñar a los médicos a enfrentarse a pacientes difíciles y a situaciones que generen en ellos cierto malestar”, señala Guzmán.
De ahí que, en su artículo Educación en riesgo suicida, una necesidad bioética, la experta identifica la necesidad de entrenar a personal no psiquiátrico: trabajadores sociales, psicólogos, profesores, orientadores y hasta líderes comunitarios, en la detección temprana del riesgo suicida. La oportunidad está en fortalecer estrategias que busquen factores protectores, pues como bien lo señala la doctora, las cifras de suicidio de medicina legal en Colombia han estado creciendo, mientras que, en otros países, a pesar de estar altas, han ido disminuyendo o se han mantenido en el mismo rango.
¿Cómo saber que un comportamiento es suicida?
De acuerdo con Guzmán, dos de cada tres casos se asocian a síntomas depresivos, ya sea como trastorno primario o secundario a otras condiciones médicas o mentales. En el caso de los adultos, las señales de alerta incluyen aislamiento, desesperanza, descuido personal, comienzan a despedirse y, en ocasiones, llega una calma súbita, que puede indicar que la persona ya tomó una decisión.
En el caso de los niños, suelen aislarse, se irritan con facilidad, y bajan su rendimiento en su estudio. La experta recomienda no ignorar señales de desesperanza o autolesión, pues es un indicador para “ayudar y prevenir”. Además, enfatiza en que preguntar directamente por ideas suicidas no induce a la acción; por el contrario, suele generar alivio y comprensión en quien las tiene. Preguntas como ‘¿se siente desesperado?,¿piensa a menudo en la muerte?, ¿se siente tan mal que preferiría no seguir viviendo?, ¿ha llegado a pensar en quitarse la vida?’, pueden abrir la conversación en el momento indicado.
Guzmán advierte que una persona que atraviesa un episodio depresivo tiene baja capacidad de decisión. Por eso, insiste en que actuar en favor de su vida implica primero atender la causa que produce la depresión y no la decisión de morir que esta puede producir.
La experta indica que, aunque la persona esté atravesando un momento difícil, es clave que intente comunicarse con personas de su confianza y, sobre todo, con un profesional de la salud mental. Para Guzmán, el primer reto es cambiar la percepción de que pedir ayuda es signo de debilidad, lo cual exige enfrentar el estigma hacia “los síntomas emocionales, hacia las profesiones o tratamientos relacionados con mejorar la salud mental de las personas y las poblaciones”.
De ahí, que su propuesta con el apoyo de medios de comunicación y ambientes escolares es darle visibilidad a la salud mental e invitar a quienes enfrentan la depresión a “levantar la mano, pedir ayuda y aceptar la ayuda”, en vez de limitar la conversación a campañas centradas en el suicidio.
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