Qué tan pertinentes son las propuestas educativas de los candidatos a la presidencia

Por: Ingrid Anzelin, Santiago Monsalve, Eimy Cuenca e Isabella Neva
Existen preocupaciones en torno a la calidad de la educación en Colombia. Una parte significativa de los estudiantes no está desarrollando los aprendizajes fundamentales, en un contexto en que las desigualdades sociales, territoriales y poblacionales siguen condicionando el acceso, la permanencia y el éxito educativo, en el marco de un entorno que demanda transformaciones en la innovación y la interacción global. Por ello, un equipo de la Facultad de Educación se dio a la tarea de revisar al detalle las propuestas de los candidatos Abelardo de La Espriella e Iván Cepeda de cara a los retos que enfrenta el país.
La educación ocupa un lugar central en los programas de gobierno y en las discusiones sobre el futuro del país. Sin embargo, de los planes de gobierno a la realidad hay una distancia en donde entran al juego varios factores y una pregunta que permanece: ¿qué entendemos por calidad de la educación?
La pregunta es importante porque define el horizonte de la acción educativa. La forma en que una sociedad comprende la calidad condiciona aquello que considera valioso enseñar, los aprendizajes que espera promover, los sujetos que espera formar, las capacidades que reconoce como necesarias para la vida en común y los criterios mediante los cuales evalúa el desempeño de sus instituciones educativas. La relevancia de esta discusión se vuelve aún más evidente cuando se entiende que la educación tiene el propósito de preparar a las personas para comprender el mundo que habitan, participar activamente en él y contribuir a su transformación. A partir de ahí la pregunta por la calidad remite necesariamente a los conocimientos, habilidades, disposiciones y valores que una sociedad considera indispensables para alcanzar dichos fines. Lo anterior, supone cuestionarse de nuevo con preguntas como qué aprenden, para qué lo aprenden, cómo lo aprenden y quién define los criterios a partir de los cuales dichos aprendizajes son considerados valiosos.
Sin embargo, la evidencia disponible sugiere que esta pregunta está lejos de ser resuelta satisfactoriamente. En PISA 2022, la evaluación internacional de competencias para jóvenes de 15 años, indica que apenas el 29% de los estudiantes colombianos alcanzó el nivel desempeño esperado en matemáticas, mientras que en lectura y ciencias lo hizo el 49%. Dicho de otro modo, siete de cada diez estudiantes no logran demostrar las competencias matemáticas consideradas básicas para desenvolverse en la sociedad contemporánea, y aproximadamente la mitad presenta dificultades para comprender textos o aplicar conocimientos científicos en contextos cotidianos. Estos resultados no solo reflejan desempeños inferiores al promedio de los países de la OCDE, sino que plantean interrogantes sobre la capacidad del sistema educativo para garantizar los aprendizajes fundamentales.
Sin embargo, los bajos niveles de aprendizaje constituyen apenas una parte del problema. Los datos nacionales muestran que los resultados educativos continúan distribuyéndose de manera profundamente desigual. En las pruebas Saber 11 de 2024, se evidencian diferencias entre el desempeño de los estudiantes por nivel socioeconómico, la ubicación urbana o rural de las instituciones, su carácter oficial o privado, y las diferencias territoriales existentes entre las distintas regiones del país. A ello se suman las dificultades que enfrentan poblaciones históricamente excluidas. Según el Laboratorio de Economía de la Educación de la Pontificia Universidad Javeriana y la Fundación Saldarriaga Concha, apenas el 17% de las personas con discapacidad logra acceder a programas de educación superior, mientras que diversos estudios han documentado las barreras persistentes que enfrentan los pueblos indígenas para acceder, permanecer y graduarse en este nivel educativo. Esto evidencia que las desigualdades no solo afectan los aprendizajes, sino también las trayectorias educativas posteriores. En consecuencia, la calidad educativa no puede analizarse al margen de la equidad, pues los resultados continúan estando condicionados por el origen social, el territorio y las características de los estudiantes.
Aún más preocupante resulta que estas dificultades se produzcan en un contexto histórico que demanda capacidades cada vez más complejas. Mientras Colombia enfrenta desafíos persistentes en lectura, matemáticas y ciencias, el mundo experimenta transformaciones aceleradas asociadas a la digitalización, la automatización, la inteligencia artificial y la reconfiguración del trabajo. En este escenario, la pregunta por la calidad trasciende la discusión sobre puntajes o cobertura educativa. Se trata de determinar si los aprendizajes que promueve el sistema son suficientemente sólidos para enfrentar los retos del presente y los desafíos del futuro.
Las propuestas de los candidatos
En el caso del candidato Abelardo de La Espriella, el énfasis recae sobre la relación entre educación, productividad, empleo e innovación tecnológica. Su propuesta busca fortalecer la formación en tecnologías emergentes, ampliar la educación virtual, mejorar la conectividad, promover la inversión en ciencia y tecnología y facilitar la transición hacia la educación superior y el mundo laboral. Se trata de una apuesta que dialoga directamente con las transformaciones económicas y tecnológicas contemporáneas, así como con las dificultades que enfrenta el país para generar oportunidades para los jóvenes. De hecho, resulta difícil cuestionar la pertinencia de discutir inteligencia artificial, robótica, computación avanzada o el manejo de lenguas que favorezcan inserción en los escenarios de intercambio global en un contexto donde las capacidades requeridas por el mercado laboral están cambiando aceleradamente.
Sin embargo, los propios datos citados por el programa plantean preguntas adicionales. Si el 71% de los estudiantes no alcanza los niveles mínimos esperados en matemáticas y el 51% presenta desempeños insuficientes en lectura y ciencias, ¿sobre qué bases académicas se construirá esta transición hacia las tecnologías de cuarta revolución industrial? La pregunta no pretende desestimar la importancia de la innovación, sino interrogar la relación entre innovación y aprendizaje. La evidencia disponible sugiere que la incorporación de nuevas tecnologías, por sí sola, no garantiza mejoras en la calidad educativa. En consecuencia, el desafío consiste en comprender cómo las estrategias de conectividad, digitalización y formación para el trabajo contribuirán efectivamente al fortalecimiento de los aprendizajes fundamentales que hoy continúan mostrando rezagos significativos. También exige reflexionar sobre las capacidades que todos los estudiantes necesitarán para comprender, interpretar y actuar en un mundo profundamente transformado por la tecnología.
En este sentido, emerge una pregunta adicional. ¿Cómo dialogará esta apuesta por la productividad, la competitividad y la innovación con otras dimensiones igualmente relevantes de la calidad educativa? Si bien el programa desarrolla los desafíos asociados al crecimiento económico y la inserción laboral, resulta menos explícito respecto a la manera en que estas transformaciones se articularán con la reducción de desigualdades educativas persistentes, la diversidad territorial y cultural del país, o las necesidades específicas de poblaciones que históricamente han enfrentado mayores barreras para acceder a oportunidades educativas y sociales. La cuestión no consiste en oponer innovación e inclusión, sino en comprender de qué manera una estrategia orientada al desarrollo científico y tecnológico contribuirá también a ampliar oportunidades para quienes parten de condiciones más desfavorables y habitan contextos marcados por desafíos muy distintos a los de los sectores más dinámicos de la economía.
Por su parte, la propuesta del candidato Iván Cepeda sitúa el énfasis en la educación como derecho, la reducción de desigualdades, la inclusión, la diversidad cultural, la formación integral y el fortalecimiento de la educación pública. Esta perspectiva dialoga directamente con uno de los hallazgos más consistentes de la evidencia educativa colombiana, y hace referencia a las profundas brechas que persisten entre territorios, grupos sociales y poblaciones históricamente excluidas del sistema educativo. Desde esta mirada, resulta difícil pensar una educación de calidad que no incorpore la diversidad de experiencias, culturas y contextos que caracterizan al país.
No obstante, la centralidad que adquieren estos énfasis también plantea interrogantes adicionales. Si bien el programa desarrolla la necesidad de reconocer la diversidad territorial, cultural y social del país, resulta menos claro cómo dialogarán estos propósitos con la construcción de aprendizajes comunes para el conjunto de los estudiantes colombianos. ¿Cómo se articularán los saberes propios y las particularidades territoriales con aquellos conocimientos y capacidades que hoy permiten participar en una sociedad nacional cada vez más interconectada y en un mundo profundamente globalizado? ¿Cómo se equilibrará la atención prioritaria a poblaciones históricamente excluidas con una propuesta educativa que interpele también las necesidades y desafíos formativos del resto de la población estudiantil? La pregunta no busca contraponer diversidad y universalidad, sino comprender de qué manera se construirá un horizonte educativo compartido capaz de reconocer las diferencias sin renunciar a aquello que todos los estudiantes requieren para ejercer plenamente su ciudadanía y ampliar sus oportunidades de vida.
A ello se suma una cuestión igualmente relevante. Si la calidad educativa implica garantizar que todos los estudiantes desarrollen aprendizajes significativos y rigurosos, ¿cómo se valorará el impacto de estas transformaciones sobre los resultados de aprendizaje? ¿cómo se transformarán las pedagogías y la didáctica? ¿cómo se fortalecerá la formación y la acción docente y directiva? Aunque el programa desarrolla los temas relacionados con inclusión, bienestar, participación, diversidad y pertinencia territorial, resulta menos explícito respecto a los mecanismos mediante los cuales espera enfrentar los rezagos observados en lectura, matemáticas y ciencias.
Ambos enfoques responden a necesidades reales del país y dialogan con desafíos que difícilmente pueden ser ignorados, sin embargo, las preguntas que suscitan también revelan los límites de abordar la discusión educativa desde una orilla. La innovación sin profundizar en los aprendizajes fundamentales corre el riesgo de convertirse en una promesa difícil de materializar y puede terminar reproduciendo nuevas formas de desigualdad. A su vez, la pertinencia territorial enfrenta el desafío permanente de dialogar con aquellos conocimientos y capacidades que permiten participar plenamente en la vida nacional y global. Precisamente por ello, la calidad no puede desligarse de la pertinencia ni de la innovación. Una educación rigurosa pero desconectada de los territorios, las culturas y las experiencias de los estudiantes difícilmente puede responder a las necesidades de un país tan diverso como Colombia. Al mismo tiempo, una educación centrada exclusivamente en las particularidades corre el riesgo de dejar sin respuesta la pregunta por aquellos aprendizajes comunes que permiten participar plenamente en la vida nacional y en un mundo cada vez más interconectado.
Visto desde esta perspectiva, uno de los grandes desafíos del próximo gobierno será precisamente evitar que calidad, pertinencia e innovación sean tratadas como agendas separadas o incluso contrapuestas. La cuestión no consiste únicamente en decidir cuánto invertir, qué tecnologías incorporar o qué poblaciones priorizar. El reto es construir una visión educativa capaz de articular exigencia académica, equidad, diversidad territorial e innovación en un mismo horizonte de acción. Más aún, deberá hacerlo con la institucionalidad existente, con las capacidades acumuladas del sistema educativo, con las Facultades de Educación, con los directivos y maestros que hoy sostienen la escuela colombiana y con las múltiples tensiones que caracterizan un país profundamente heterogéneo.
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