Fenómeno El Niño podría alcanzar una intensidad histórica: ¿qué implicaría para Colombia?

La Organización Meteorológica Mundial (OMM) advierte que hay hasta un 90 % de probabilidad de que El Niño se consolide en los próximos meses, y todo indica que podría convertirse en uno de los más intensos registrados en más de 100 años. Sus posibles efectos ponen en alerta a Colombia ante el riesgo de sequías, reducción de los niveles de los embalses, incendios forestales y afectaciones en el suministro de agua y la generación de energía.
En Europa, la ola de calor de junio de 2026, vinculada al fenómeno, ya dejó cerca de 3.700 muertes adicionales confirmadas por Francia, Bélgica y Países Bajos. En Colombia, un informe de la OCHA (por sus siglas en inglés: Office for the Coordination of Humanitarian Affairs) publicado en 2025, confirma que el país ya conoce la magnitud de estos episodios: el fenómeno de El Niño 2023-2024 dejó más de 2 millones de personas afectadas, de acuerdo con cifras brindadas por la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD).
Ahora, la Organización Meteorológica Mundial advierte que hay hasta un 90% de probabilidad de que suceda nuevamente este episodio, que posiblemente sea el más intenso en más de 100 años y se consolide en los próximos meses, siendo más intenso en agosto y septiembre.
Para Diego Becerra, doctor en Ciencias en Física Educativa, experto en enseñanza de las ciencias, tecnología educativa e investigación cuantitativa y profesor de la Facultad de Educación de la Universidad de La Sabana, las condiciones actuales del océano Pacífico apuntan a un episodio de una magnitud pocas veces vista, con implicaciones que van desde la crisis de los embalses, hasta el riesgo de incendios forestales de gran escala.
El fenómeno está asociado al aumento de la temperatura del océano Pacífico, que para este episodio podría subir más de 2 o 3 grados centígrados. Sequías extremas en unas regiones, lluvias torrenciales en otras: el fenómeno que se aproxima no golpeará a Colombia de manera uniforme, puesto que, hay regiones que se verán afectadas por cambios climáticos para los que no estaban preparadas antes. De ahí que, para el profesor, la mayor incertidumbre no es si El Niño llegará, sino cómo se comportará el clima región por región: "dependiendo donde se esté ubicado se podría presentar aumento de temperaturas y sequías o de precipitaciones y lluvias", señala.
El experto señala que la Región Caribe, La Guajira, Bogotá, la Sabana Cundiboyacense, además de Cundinamarca, Boyacá, Huila, Tolima y la región andina en general, son las zonas con mayor probabilidad de sufrir déficit de lluvias. En contraste, “también hay zonas o regiones del país que podrían enfrentar el aumento de lluvias y precipitaciones, como los son la zona de la Amazonía o algunos puntos de la Orinoquía", explica.
Para las regiones que enfrenten sequía prolongada, el riesgo va mucho más allá de la falta de lluvia. Becerra advierte que "la persistencia de la sequía por varios meses podría desatar una crisis ambiental incalculable sobre nuestras fuentes hídricas, recursos naturales e infraestructura clave". El descenso crítico en los embalses no solo compromete el suministro de agua en las ciudades, la calidad del agua, la navegación y el funcionamiento de los acueductos.
El impacto ambiental tampoco es menor: bosques, páramos y humedales podrían entrar en estrés hídrico extremo, fragmentando ecosistemas y disparando el riesgo de incendios forestales de gran magnitud, un escenario en el que, advierte, el poco recurso hídrico disponible tendría que destinarse a apagar incendios en lugar de abastecer a la población.
Aunque persiste cierto grado de incertidumbre, las alertas siguen sustentadas en las pruebas científicas. Becerra subraya que cuando la OMM habla de una probabilidad cercana al 90 % de que El Niño se establezca y permanezca en los próximos meses, " significa que la gran mayoría de los modelos oceánico-atmosféricos coinciden y evolucionarán hasta que se presenta ese fenómeno. Siendo este un nivel de probabilidad muy alto para los estándares de la predicción climática”.
En ese orden de ideas surge un dato que genera preocupación mundial. La OMM (Organización Meteorológica Mundial), ha reportado lecturas de temperatura hasta 6 °C por encima de la media en el Pacífico tropical. Sin embargo, la misma OMM, revela que no hay evidencia de que el cambio climático aumente la frecuencia o intensidad de los fenómenos de El Niño, pero, sí puede amplificar sus impactos, pues un océano y una atmósfera más cálidos aportan más energía y humedad a fenómenos extremos como las olas de calor y las lluvias torrenciales.
Las lecciones que dejó la crisis hídrica de 2023-2025
La reciente crisis de agua vivida en el país entre 2023 y 2025 dejó aprendizajes que hoy son claves para enfrentar este nuevo episodio. Entre ellos destaca que la capacidad de los embalses no es infinita y que su reducción golpea tanto el consumo doméstico como sectores como la agricultura; que las campañas de ahorro y los racionamientos son eficaces a corto plazo, aunque insuficientes por sí solos; y que la gestión preventiva, activada antes de llegar a niveles de alerta, resulta más eficiente, técnica y económicamente, que las medidas de emergencia tardías.
A esto se suma la importancia de integrar la ciencia climática en la planeación institucional para anticipar escenarios de escasez con meses de antelación, y la necesidad de una mayor corresponsabilidad ciudadana. Para el experto, la infraestructura técnica no es suficiente sin una sociedad activa, por lo que “se hace indispensable impulsar estrategias de educación ambiental que transformen la cultura del agua, promuevan el cuidado de los ecosistemas estratégicos y fomenten una administración comunitaria e institucional más justa y sostenible de todos nuestros recursos naturales”.
En definitiva, el posible impacto de un fenómeno del El Niño histórico no puede tomar por sorpresa a Colombia. El verdadero reto no radica únicamente en monitorear la anomalía en el Pacífico, sino en la capacidad del Estado y la sociedad para anticiparse a la crisis: proteger los embalses, resguardar los ecosistemas y transformar la cultura del agua con acciones que no admiten espera antes de que las secuelas del clima vuelvan a pasar factura.
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