El guardián de las raíces: el arte de cuidar los árboles del campus

Detrás de los más de 2.800 árboles que dan vida al campus sostenible está la historia de Jaime Amaya Valbuena. Desde hace casi 12 años, su trabajo como auxiliar de jardinería consiste en algo más que mantener zonas verdes: cuidar especies, prevenir riesgos y ayudar a que este ecosistema siga siendo un entorno seguro y habitable para toda la comunidad.
Son las 10:30 a.m. El cielo sobre el Campus de Puente del Común se tiñe de un azul tan brillante que delata, sin timidez, la fuerza de un sol veraniego. Jaime Amaya Valbuena camina con paso firme y se detiene frente a uno de los árboles de la especie calistemo más jóvenes del campus, frente al Edificio E.
Con la soltura que dan los años, clava la gran pala en la tierra para verificar la humedad. Luego, con movimientos enérgicos y precisos, practica el plateo: remueve el suelo en forma de circunferencia alrededor de la base para liberar al árbol de la maleza que osa competir con él por agua, luz y nutrientes.
Esa tarea, que para una persona desprevenida podría parecer un detalle menor del paisaje, es en realidad un eslabón vital para la estrategia de Campus Sostenible. En sus casi 12 años de historia como auxiliar de mantenimiento de Jardinería en la Universidad de La Sabana, Jaime ha entendido que cada árbol a su cargo no solo embellece los rincones verdes, sino que representa el pulmón de nuestra comunidad y el refugio para las generaciones del futuro.
La escuela de la tierra
La rigurosidad con la que Jaime examina cada hoja proviene de una escuela antigua y sabia: la del campo. "Toda la vida he trabajado en plantas, porque vengo del campo, del municipio de San Cayetano, Cundinamarca", relata Jaime, recordando sus orígenes entre cultivos de tomate de árbol, tomate de guiso y mora. Sus primeros maestros fueron sus padres, agricultores de toda la vida.
Sin embargo, su técnica se refinó gracias a una asociación de productores llamada ASOPROSAN, que llevaba agrónomos directamente a las fincas. Con ellos aprendió que la tierra se escucha y se trata según sus condiciones: "Nos enseñaban cómo hacer el hueco y a saber, dependiendo lo que íbamos a sembrar, qué tocaba aplicarle dependiendo de la acidez del suelo y el clima", recuerda.
Con esa experiencia, años más tarde, llegó a trabajar a la Universidad de La Sabana. Aquí, el campus se convirtió en su nuevo laboratorio.
“Ha sido muy gratificante, porque mi conocimiento se ha fortalecido con capacitaciones y trabajando en conjunto con proveedores, que comparten lo que saben sobre sus insumos y prácticas”, afirma con gratitud.
El reto invisible
El trabajo de Jaime también responde a la prevención de riesgos ambientales y físicos en el campus. Con una mirada clínica, Jaime revisa las ramas buscando indicios de enfermedades, como polvillo o cenizas blancas y negras. Si nota que una rama pierde su verdor y se tiñe de naranja, aplica melaza —un compuesto rico en nitrógeno— para devolverle la vitalidad.
Esta inspección minuciosa es clave para la identificación de peligros y la valoración del riesgo a nivel laboral y comunitario. Un árbol enfermo o una rama debilitada es un peligro potencial de caída que podría afectar a estudiantes, profesores o visitantes. "Nosotros identificamos si los árboles requieren retirarles un gajo dañado o definitivamente ya están para cambio”, comparte Jaime.
Justo en la Plaza de San Josemaría se encuentra un imponente árbol que ilustra los retos de su labor en ese sentido. Hace unos seis años, una de las palmas del lugar enfermó y murió. La decisión del equipo fue retirar el espécimen e iniciar un complejo proceso de sustitución para plantar una nueva palma de gran envergadura que armonizara visualmente con su compañera de enfrente, catalogada como una de las más altas del campus. Lograr que este gigante echara raíces requirió una gran excavación, un estricto cuidado de la tierra para evitar elementos contaminantes que afectaran su salud y, sobre todo, riegos rigurosos dos veces al día para asegurar una adaptación exitosa.
Es precisamente en esa exigencia de hidratación donde la sostenibilidad del campus se hace evidente a través de una gestión responsable del agua. Para salvaguardar la red de agua potable de la comunidad, el sistema de riego se abastece de recursos propios: el lago artificial que atraviesa el centro del campus y que se nutre de las aguas lluvia. Desde allí, un equipo de bombeo sumergible impulsa el recurso hacia las diferentes zonas vegetales.
La incertidumbre climática
Esa labor de cuidado enfrenta hoy un desafío: el cambio climático. Las transiciones abruptas entre sequías extremas y lluvias impredecibles alteran los niveles del lago artificial y exigen una adaptación constante de los procesos de preservación de las plantas.
Hace una década, el panorama era distinto. Los ciclos climáticos de la Sabana de Bogotá permitían una planeación estratégica y predecible. El equipo de operaciones podía estimar cuándo serían los periodos de sequía y lluvia, lo que les daba el margen necesario para responder a las necesidades de las plantas en cada etapa.
"Ya ahora es más impredecible, ya no sabemos en qué momento va a llover. Hoy está haciendo un solazo y de pronto en la tarde cae un aguacero o una llovizna", explica. Este fenómeno altera las dinámicas de preservación y los recursos de la Dirección de Operaciones.
Cuando el invierno arrecia, el agua actúa como un abono natural que dispara el crecimiento del pasto, duplicando los esfuerzos de corte y mantenimiento. Por el contrario, en las épocas de sequía extrema, el nivel del lago superifical baja, lo que dificulta extraer de allí el insumo para el riego.
Además, el exceso de humedad en temporadas de lluvias constantes propicia la aparición de hongos en especies delicadas, obligando al equipo a retirar las partes afectadas o cambiar los sustratos para evitar la pérdida de los ejemplares.
Para mitigar este impacto, la Universidad ha implementado un criterio de selección riguroso: las plantas deben poseer un alto valor paisajístico, pero, sobre todo, ser resistentes. Tras años de ensayo y error, especies de alto consumo hídrico han sido reemplazadas por alternativas nativas y fuertes como la hiedra de hoja verde, logrando disminuir las necesidades de riego y optimizando el recurso hídrico.
A pesar de las dificultades que impone el clima actual, entre el campus central y el campus oriental, se suma un inventario vivo de más de 2.893 árboles distribuidos en 115 especies diferentes. Caminar por sus senderos es encontrarse con la generosidad de árboles frutales que ofrecen feijoas, naranjas, cerezas, guayabillos, brevos y guamos.
Pero ese paisaje que hoy parece natural y permanente es, en realidad, el resultado de decisiones, observación y cuidados constantes. Mientras el clima cambia y el entorno exige nuevas formas de preservación, Jaime sigue recorriendo el campus con la misma lógica que aprendió en el campo: observar, escuchar y actuar a tiempo.
Cada árbol que revisa es una apuesta silenciosa por el futuro y una forma de asegurar que quienes lleguen mañana encuentren un campus vivo, seguro y lleno de raíces que continúan creciendo.
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