Donde la convicción se convierte en acción. Trece voces que encontraron en AIDUA mucho más que inclusión

Aunque una crisis de salud la obligó a alejarse durante un tiempo, Angie Sofía Aldana nunca sintió que hubiera dejado de pertenecer. Nadie le preguntó cuándo volvería. Nadie la hizo sentir ausente. En AIDUA, simplemente, seguía siendo parte.
La misma sensación describe Julieth Natalia Niño Rachez cuando cuenta que basta un mensaje en un grupo de WhatsApp para sentirse "escuchada y valorada". La comparte Daniel Herrera Reginatto, quien asegura que siempre lo consultan y lo hacen sentir parte de la comunidad. Y también Juan José Castro Tobón, deportista paralímpico y joven con síndrome de Down, cuando habla de AIDUA como una familia de la que se siente profundamente orgulloso.
Son trece historias distintas.
Hay comunicadores, psicólogos, docentes, ingenieros, deportistas, administradores, diseñadores y consultores. Hay personas ciegas, sordas, con autismo, usuarias de silla con ruedas o con condiciones poco frecuentes.
Pero, más allá de los diagnósticos, todos coinciden en algo inesperado: en AIDUA encontraron un lugar donde aprender, aportar y ser reconocidos.
Lo que comenzó en marzo de 2020 como un pequeño grupo de ocho personas interesadas en diversidad e inclusión, hoy reúne a más de 280 integrantes y se ha convertido en una comunidad que promueve la accesibilidad, la inclusión y el Diseño Universal para el Aprendizaje. Sin embargo, para quienes hacen parte de esta, AIDUA es mucho más que un proyecto universitario. Es un espacio donde las personas se escuchan, donde las barreras se conversan y donde siempre parece haber alguien dispuesto a preguntar: "¿Qué necesitas?".
En AIDUA, la inclusión no suele anunciarse con grandes discursos. A veces se manifiesta en algo tan sencillo como una reunión antes del inicio del semestre.
Antes de que Julieth Natalia Niño Rachez, estudiante de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de La Sabana, llegue al salón de clase, sus profesores participan en un encuentro en el que se conversa sobre las estrategias que pueden hacer más accesible y significativo su proceso de aprendizaje. Julieth, quien perdió la visión cuando tenía 11 meses, sabe que las barreras existen. Imágenes sin descripción o videos inaccesibles siguen apareciendo de vez en cuando, pero también sabe que nunca está sola. Siempre van a haber barreras en cuanto a accesibilidad, pero buscan la forma de que se pueda solucionar fácil, orientándome con alguien, acompañándome, con lo que sea, cuenta.
Para ella, sin embargo, los gestos más significativos no siempre ocurren dentro del aula. A veces aparecen en un mensaje enviado al grupo de WhatsApp o en una respuesta recibida al otro lado de la pantalla.
La sensación de ser escuchados parece repetirse en las historias de quienes forman parte de la comunidad. Vivian Carolina Páez Puga, administradora de empresas y sobreviviente de un accidente cerebrovascular hemorrágico, encontró allí algo que durante mucho tiempo había estado buscando: un lugar seguro para expresar sus necesidades. Siempre he encontrado ese lugar seguro para decir: esto es lo que necesito, recuerda.
Ese sentimiento la acompañó cuando recibió apoyo para participar en una ponencia sobre autismo y también cuando pasó de ser asistente para convertirse en facilitadora de espacios formativos. Por primera vez, no se sintió limitada por su condición, sino reconocida por aquello que podía aportar: Yo no me sentía en ningún momento limitada para facilitar esos espacios, sino, por el contrario, para participar desde mis capacidades, explica.
Detrás de cada historia hay diagnósticos diferentes, trayectorias distintas y profesiones diversas, pero todas convergen en un mismo lugar: la posibilidad de sentirse reconocidos. Porque, para ellos, la inclusión no ha significado ocupar un espacio, ha significado tener un lugar.
Y quizá sea precisamente ahí donde reside una de las mayores transformaciones. Porque cuando una persona encuentra un lugar donde se siente reconocida, deja de ser vista únicamente desde aquello que la diferencia. Empieza, más bien, a ser valorada por todo aquello que puede aportar.
Eso es lo que revelan las trece voces que hacen parte de esta historia. Ninguna se define a partir de las limitaciones. Hablan de los proyectos que lideran, de las causas que defienden, de los conocimientos que comparten y de los cambios que sueñan provocar.
Ricardo Becerra Sáenz, diseñador industrial y uno de los pioneros del diseño universal en Colombia, lo dice sin titubeos: Yo amo mi poliomielitis, la amo y la abrazo. Lejos de verla como una carga, la convirtió en parte de su identidad y en una oportunidad para transformar entornos. Después de más de cuatro décadas como docente y consultor en accesibilidad, está convencido de que la formación tiene el poder de cambiar la sociedad. Por eso, cuando habla de AIDUA, la define como "una cuna de transformación".
Algo similar piensa Jeraldine Martínez. Ingeniera industrial y usuaria de silla con ruedas, conoce de primera mano las barreras que muchas veces pasan inadvertidas. Durante su infancia, el miedo de otros a que pudiera sufrir una fractura hizo que pasara los recreos en el mismo salón, sentada en el mismo puesto, viendo desde lejos cómo jugaban los demás niños.
Hoy, desde el Centro Nacional de Memoria Histórica, lidera procesos relacionados con discapacidad y enfoque diferencial. Y aunque nunca estudió formalmente el tema, la vida terminó convirtiéndose en su mayor maestra. La vida me dio la discapacidad sin yo tener que estudiarla, afirma.
Para Angelita Pinto, mujer con autismo y líder de proyectos de comunicación inclusiva, AIDUA también ha significado encontrar una voz: El llegar a AIDUA me ha permitido crecer tanto como persona, como en nuestros aprendizajes. Lo que antes vivía con mayor reserva, hoy lo comparte con otros desde la convicción de que las experiencias individuales también pueden convertirse en oportunidades para generar cambios.
Juan Carlos Ortiz, comunicador social, docente y consultor en accesibilidad, ha construido una filosofía similar a lo largo de su vida: Si sabe cómo hacerlo, perfecto… y si no, construyamos de manera conjunta.
Una idea que, sin proponérselo, parece resumir la esencia de una comunidad donde las respuestas no siempre están dadas, pero donde nunca falta la disposición para buscarlas colectivamente.
Y Daniel Andrés Ocampo, comunicador social y persona sorda, recuerda una premisa que ha acompañado históricamente a los movimientos de discapacidad alrededor del mundo: Nada sobre nosotros sin nosotros. Porque para él, la inclusión no consiste solamente en estar presentes. También implica escuchar las voces de quienes históricamente han sido excluidos y reconocer que ninguna decisión sobre sus comunidades debería tomarse sin su participación.
Y cuando alguien encuentra un lugar así, difícilmente quiere guardarlo para sí mismo. Tal vez por eso, en medio de historias tan distintas, comenzó a aparecer un mismo anhelo.
Julieth Natalia Niño Rachez sueña con que más personas conozcan AIDUA y con que el Diseño Universal para el Aprendizaje llegue a todos los espacios posibles. Jeraldine Martínez quisiera que experiencias similares pudieran replicarse en otras instituciones de educación superior. Juan José Castro Tobón imagina encuentros en otras ciudades. Daniel Herrera Reginatto piensa en nuevas alianzas. Carlos Andrés Vergara propone fortalecer las redes y abrir más oportunidades. Yaneth Peñaloza espera que todo este trabajo se convierta en un "boomerang" capaz de generar conciencia y transformar la sociedad.
Ninguno habla únicamente de sí mismo.
Todos hablan de los demás.
Quizás porque, después de sentirse escuchados, valorados y reconocidos, comprendieron que la inclusión solo cobra sentido cuando se comparte. Y es que las transformaciones que describen las trece voces no terminan en las reuniones, los proyectos o los encuentros de AIDUA. Se extienden a las aulas, a los lugares de trabajo, a las familias y a las comunidades donde cada uno desarrolla su vida.
Vivian Carolina Páez Puga, por ejemplo, comenzó a aplicar los principios del Diseño Universal para el Aprendizaje en los espacios educativos que acompaña. Angie Sofía Aldana los lleva a su práctica docente. Yaneth Peñaloza orienta a familias que buscan respuestas y caminos para sus hijos. Carlos Andrés Vergara trabaja para conectar a personas con discapacidad visual con oportunidades laborales. Y Jhon Sebastián Chinome utiliza su propia experiencia para acompañar a quienes todavía se sienten solos o incomprendidos.
De una u otra forma, todos se han convertido en puentes. Puentes entre la academia y la vida cotidiana. Puentes entre las barreras y las oportunidades. Puentes entre quienes alguna vez necesitaron ser escuchados y quienes hoy encuentran en ellos una voz de apoyo.
Porque quizá eso sea, en el fondo, lo que descubrió Omar Freddy Martínez Barbotó en el trabajo de grado que desarrolló bajo la dirección de Leidy Evelyn Díaz Posada, a partir de las voces de trece miembros de AIDUA. Que la inclusión no ocurre únicamente cuando desaparecen las barreras físicas o cuando existen leyes y políticas que la respaldan.
Ocurre cuando alguien se siente escuchado. Cuando una estudiante llega al salón y descubre que sus profesores se prepararon para recibirla. Cuando una persona encuentra un espacio seguro para decir "esto es lo que necesito".
Cuando una comunidad espera sin excluir. Cuando las diferencias dejan de ser motivo de distancia y se convierten en una oportunidad para aprender unos de otros. Cuando las personas dejan de ser definidas por sus diagnósticos y comienzan a ser reconocidas por aquello que son capaces de hacer.
Después de décadas dedicadas al diseño universal y a la accesibilidad, Ricardo Becerra Sáenz está convencido de que el siguiente paso es otro. Hoy en día ya no deberíamos estar hablando de inclusión. Deberíamos estar hablando de convivencia.
Y quizá eso sea lo que ha logrado construir AIDUA.
No solo un espacio donde se promueven la accesibilidad, la inclusión y el Diseño Universal para el Aprendizaje. Sino un lugar donde más de 280 personas han aprendido que convivir en la diversidad no es una meta lejana ni una idea reservada para los libros o las políticas públicas.
Es algo que puede ocurrir todos los días.
Tal vez por eso, cuando una crisis de salud obligó a Angie Sofía Aldana a alejarse por un tiempo, nunca sintió que hubiera dejado de pertenecer.
Simplemente, seguía siendo parte.
Y, al final, quizá eso sea lo que todos buscamos.
Un lugar donde ser escuchados.
Un lugar donde aportar.
Un lugar donde crecer.
Un lugar donde, aun en medio de nuestras diferencias, nunca dejemos de ser parte.
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