Gabo Sierra: hacer arte para volver a preguntarnos quiénes somos

El artista Gabriel Sierra Henao, mejor conocido como Gabo Sierra desarrolla una residencia de creación en la Universidad de La Sabana, donde conecta su investigación sobre identidad latinoamericana, arte colombiano y formas de conocimiento con la creación de una nueva escultura. Su trabajo parte de una pregunta: ¿cómo hacer arte desde América Latina sin reproducir las mismas formas culturales que históricamente hemos heredado de Europa?
Durante tres semanas, Gabo puede dedicarse a tallar una sola pieza. Una semiesfera de madera. Lo hace a mano, aunque sabe que una máquina podría realizarla en mucho menos tiempo. Precisamente por eso prefiere hacerlo así.
Mientras sus manos trabajan sobre la madera, su mente encuentra un espacio para pensar. Puede pasar hasta diez horas haciendo una tarea aparentemente repetitiva y, lejos de considerarlo tiempo perdido, encuentra en ese proceso una forma de concentración.
La escena resume buena parte de la manera en que Sierra entiende el arte: como una práctica que exige detenerse, observar y hacerse preguntas en un mundo que parece avanzar cada vez más rápido.
Pero la calma es apenas una de las ideas que atraviesan su trabajo. Desde hace años, su trayectoria artística ha estado estrechamente ligada a la investigación y a una preocupación que comenzó a tomar forma mientras estudiaba Historia del Arte en Francia: ¿cómo se construyó la idea de lo colombiano y qué papel tuvo el arte en ese proceso?
De Francia a Colombia: una pregunta sobre la identidad
En 2009, Gabo viajó a Estrasburgo, Francia, inicialmente para estudiar francés. Después ingresó a la Universidad de Estrasburgo, donde estudió Artes Plásticas y complementó su formación con Historia del Arte.
Más adelante se trasladó a Paris para realizar una maestría de investigación en Historia del Arte en la Sorbona. Aunque estaba lejos de Colombia, su objeto de estudio permanecía aquí.
Durante el primer año de la maestría investigó el papel del arte en la construcción de la identidad colombiana y la manera en que el Estado utilizó la arquitectura, los monumentos y otras expresiones artísticas para consolidar una idea de nación.
La investigación lo llevó a identificar una fuerte dependencia del arte colombiano respecto de las corrientes europeas durante el primer siglo de la República.
Según Sierra, buena parte de los arquitectos, escultores y pintores que trabajaban para el Estado eran europeos o habían sido formados en Europa. La independencia política no significó necesariamente una ruptura cultural.
“En ese periodo, el 98% de las esculturas en Bogotá son hechas por europeos”, recuerda al hablar de sus investigaciones.
Entonces apareció una pregunta que terminaría acompañando su trayectoria artística: “¿A partir de qué momento se puede empezar como a hablar de un arte colombiano?”
Su búsqueda lo llevó hasta los movimientos artísticos de la década de 1930, cuando diferentes artistas e intelectuales latinoamericanos comenzaron a mirar hacia las culturas indígenas, afrodescendientes y campesinas como parte de una búsqueda de emancipación cultural frente a Europa.
Sin embargo, Sierra encontró allí una nueva contradicción. Aunque cambiaban las fuentes de inspiración, las formas de producir arte seguían respondiendo, en buena medida, a paradigmas heredados de las instituciones europeas. Se podía cambiar aquello que inspiraba una pintura, una escultura o una arquitectura, pero no necesariamente la manera en que esas obras se legitimaban y producían.
Fue entonces cuando apareció una segunda pregunta: “¿Cómo se puede trabajar el arte de una manera que no solo tenga una emancipación de fondo, sino también de forma?”
Esa pregunta terminaría convirtiéndose en una forma de vida.
Cuando investigar también significa crear
Tras culminar su maestría, Gabo decidió no continuar inmediatamente con un doctorado. Aunque su directora de investigación le sugirió en algunas ocasiones hacerlo, él tenía otra prioridad: quería dedicarse al arte.
Durante seis años trabajó como artista independiente. La decisión implicaba incertidumbre. Su formación en Historia del Arte le había abierto caminos relacionados con la investigación, la conservación, los museos y otras instituciones culturales. Incluso realizó pasantías y experiencias profesionales en espacios vinculados con el mundo del arte en Francia.
Con el tiempo, Sierra descubrió que la investigación no era una actividad paralela a su creación artística. Era parte fundamental de ella.
Cuando sintió que el trabajo en el taller comenzaba a convertirse en una rutina mecánica, decidió regresar al estudio académico. Esta vez encontró una manera de unir ambos caminos: un doctorado a través de la creación artística.
En este modelo, su propia práctica artística se convierte en una herramienta de investigación.
“Necesitaba retomar el estudio para alimentar la práctica artística”, explica.
Su trabajo doctoral parte de una preocupación por la construcción de la identidad latinoamericana y por el desequilibrio que, a su juicio, existe entre la valoración de las influencias europeas y aquellas provenientes de las culturas indígenas, afrodescendientes y otras tradiciones que también forman parte de la identidad del continente.
Gabo no busca apropiarse de una identidad que no le corresponde. Su interés está en reconocer la importancia de esas culturas en la construcción de Colombia y cuestionar las jerarquías que han determinado qué conocimientos consideramos legítimos.
“Mi objetivo no es tampoco decir que yo soy indígena, no lo soy”, aclara. “Pero sí decir, reconozco la importancia que esto tiene en nuestra construcción como país, en mi construcción como individuo”.
Su propósito, dice, es “reequilibrar la balanza”.
El marco como objeto frontera
Una de las respuestas a esa búsqueda está en un objeto aparentemente secundario: el marco.
En lugar de utilizarlo simplemente como soporte de una pintura, Sierra decidió convertirlo en protagonista de su trabajo artístico. Para él, el marco es un “objeto frontera”.
Es una frontera entre el mundo imaginario del artista y el mundo real. También entre el artista y el artesano; entre la pintura y la escultura; entre lo bidimensional y lo tridimensional; y entre aquello que ocupa el centro de la historia del arte y aquello que ha permanecido en sus márgenes.
Tradicionalmente, el marco depende de la obra que contiene. La pintura lleva la firma del artista, quien fabrica el marco suele permanecer invisible.
Gabo invierte esa relación. “Tomar algo que era completamente secundario y llevarlo a un rol principal”, explica.
Así, aquello que estaba destinado a permanecer en los bordes se convierte en el centro de la obra.
La operación tiene además una dimensión conceptual: cuestionar las jerarquías entre arte y artesanía y preguntarse quién determina qué merece ser considerado una obra de arte.
Cambiar las formas de producir conocimiento
La investigación de Sierra no se limita a las obras que produce. También cuestiona las formas tradicionales mediante las cuales se construye y transmite el conocimiento.
Por eso, su doctorado incluye una decisión metodológica particular: reivindicar la oralidad.
Aunque su investigación debe tener un componente escrito, decidió escribirla intentando conservar la forma de una conversación.
“Hay muchas formas de transmitir conocimiento. El libro es uno. La oralidad es otra y esta tienen lugar desde hace millones de años, mucho antes de la aparición del libro”, plantea.
La idea atraviesa también su concepción de las fuentes de investigación.
Para Sierra, una fuente primaria no tiene que ser necesariamente un libro académico, una tesis doctoral o un documento institucional. Una canción, una pieza artesanal, una publicidad, un espectáculo, un stand-up comedy o una obra artística, también pueden revelar información sobre la sociedad.
La pregunta, entonces, no es únicamente qué conocemos, sino qué hemos decidido considerar conocimiento.
Esta perspectiva le permite mirar expresiones culturales cotidianas como documentos capaces de hablar de una época.
Una publicidad en una revista, por ejemplo, puede revelar las tensiones entre consumo, política, identidad y representación. Una canción puede mostrar la mezcla de tradiciones que conforman una sociedad. Un objeto artesanal puede contener conocimientos que no fueron registrados en un libro. “Todo es una fuente de investigación”, afirma.
Desde esa perspectiva, el arte deja de ser únicamente un objeto para contemplar y se convierte en una herramienta para investigar y, al mismo tiempo, en una forma de divulgar conocimiento.
Un lenguaje que no necesita decirlo todo
Para Gabo Sierra, el arte es también un lenguaje. No se trata de un lenguaje exclusivamente verbal, sino de una forma sensorial de acceder al conocimiento. Y como cualquier lenguaje, considera que requiere aprendizaje.
Una obra puede tener diferentes niveles de lectura. La primera ocurre cuando una persona se encuentra con ella sin conocer nada de su contexto. Puede gustarle, incomodarla, parecerle extraña o simplemente llamar su atención.
Después aparece una segunda lectura cuando conoce el título o alguna información sobre la obra.
Y existe una tercera posibilidad cuando el espectador conoce la historia del arte, las referencias culturales o las discusiones que atraviesan la pieza.
Pero ninguna interpretación tiene que coincidir necesariamente con la intención original del artista.
“Una obra de arte, de cierta manera, es un espejo”, dice Sierra. Pues, cada persona proyecta sobre ella su propia experiencia, conocimiento e individualidad.
Por eso, no parece interesado en cerrar el significado de sus obras. Más bien busca abrirlo. “Mi objetivo sería crear, generar preguntas. Si yo logro que una persona salga de esa conferencia diciéndose: ‘Oiga sí, esto está como extraño’, ya es una gran victoria”:
Los patrones como un lenguaje compartido
Los motivos geométricos aparecen con frecuencia en su trabajo.
Sierra encuentra inspiración en los lenguajes ornamentales presentes en culturas precolombinas, pero también observa patrones similares en diferentes civilizaciones de América, África, Europa y Oceanía.
Para él, esas formas pueden funcionar como un lenguaje primario que diferentes culturas han utilizado para transmitir conocimiento.
La comparación con la escritura resulta inevitable: así como una persona necesita aprender las letras para leer un texto, también necesita desarrollar herramientas para interpretar un lenguaje ornamental.
Una canasta, un tejido, una pieza artesanal o el barniz de Pasto pueden contener información que no está escrita en palabras.
“Todo esto es una mina de información, simplemente hay que saberla leer”, afirma.
Cuando esos patrones aparecen en sus obras, pueden producir asociaciones distintas dependiendo de quién las observe. Una persona en Colombia puede reconocer referencias de culturas precolombinas; alguien de otro lugar puede relacionarlas con su propia tradición. La obra se convierte así en un punto de encuentro.
Crear despacio en un mundo acelerado
La relación de Gabo Sierra con el tiempo es otra expresión de su manera de entender el arte.
Se reconoce como una persona impaciente, pero asegura que puede ser extremadamente paciente cuando trabaja en una obra.
Una semiesfera puede tomarle tres semanas, puede pasar cerca de diez horas haciendo una misma tarea. Incluso, puede tardar seis meses en terminar una obra si sabe que ese es el tiempo que necesita.
Pues no entiende el proceso artístico como una carrera hacia el resultado. “A mí no me interesa precisamente eso”, dice cuando le señalan que una máquina podría realizar algunos de sus procesos manuales mucho más rápido.
La lentitud, para él, no significa falta de productividad. Mientras trabaja, la pieza cambia. Cada día puede ver el progreso.
Además, su tiempo no se divide únicamente entre pintar o esculpir. Un artista independiente también debe investigar, escribir, responder correos, gestionar proyectos y realizar tareas administrativas.
Por eso, Sierra distribuye su jornada entre diferentes actividades y procesos. La calma adquiere entonces, una dimensión que va más allá del taller.
Frente a un mundo marcado por la inmediatez, la producción constante y la necesidad de responder rápidamente, trabajar despacio puede convertirse en una decisión consciente.
“Mi pregunta es: ¿qué es lo que está haciendo?, ¿qué es lo que está buscando?, ¿cuál es su objetivo como persona, como individuo?, ¿cuál es la huella que quiere dejar en este planeta?”
Para Sierra, detenerse es también una forma de resistencia, “tomémonos un tinto, pausa, miremos lo que está pasando alrededor”; propone.
No se trata únicamente de producir menos rápido. Se trata de recuperar la capacidad de observar y preguntarse para qué se trabaja, qué impacto se quiere dejar y qué relación se está construyendo con las personas y los objetos que nos rodean.
El arte como una forma de crear vínculos
Esa mirada también atraviesa su relación con otros creadores.
Pues, su trabajo le ha permitido acercarse a artesanos y conocer sus procesos. En esos encuentros, Sierra se pregunta cómo puede utilizar la visibilidad que tiene para contribuir al crecimiento de otros artistas y artesanos.
“¿Cómo puedo yo, a través de la poca más visibilidad que yo tengo frente a esta persona, ayudarlo a salir adelante también en su proceso como creador?”, se pregunta.
La creación, entonces, no ocurre únicamente frente a una pieza de madera. También ocurre en las conversaciones, las colaboraciones y las relaciones que se construyen alrededor de una obra.
Es una idea que Sierra extiende incluso al mundo empresarial: el éxito individual, considera, también debería medirse por la capacidad de hacer crecer a quienes están alrededor.
Una residencia para convertir una escultura en conversación
Ese pensamiento está en el centro de la residencia de creación que actualmente desarrolla en la Universidad de La Sabana.
El vínculo con la Universidad no surgió de manera inmediata. Sierra conoce a Alberto José Estrada, asesor de Campus Cultural desde hace varios años y, durante ese tiempo, han existido diferentes conversaciones y colaboraciones alrededor de su trabajo artístico.
Incluso algunas de sus obras han llegado a espacios de la Universidad y de la Clínica Universidad de La Sabana.
Durante aproximadamente cuatro años, la posibilidad de realizar una nueva escultura pasó por presupuestos, conversaciones y diferentes idas y vueltas.
Cuando finalmente el proyecto tomó forma, Gabo propuso algo más. En lugar de limitarse a instalar una escultura, planteó convertirla en el punto de partida para un proceso de intercambio académico.
La residencia contempla la creación de una nueva obra y diferentes espacios de conversación alrededor de su investigación.
La intención es que la escultura no llegue simplemente a un espacio para ser observada, sino que pueda ser comprendida, discutida y utilizada como punto de partida de nuevas preguntas.
“Yo no quiero que simplemente la vean. Yo quiero que entiendan por qué estoy haciendo esa escultura así y por qué la estamos poniendo ahí”, explica.
De allí surgió la idea de complementar la creación con conferencias y otros espacios de diálogo.
Para Sierra, esta experiencia también demuestra que la creación artística puede participar en la generación de conocimiento incluso dentro de disciplinas que no están directamente relacionadas con las artes.
La investigación, sostiene, puede encontrarse también en la comunicación, la filosofía, el marketing, los negocios o la medicina.
“No tenemos que seguir haciendo investigación basada 100% en los textos escritos”, afirma.
Volver a mirar lo que tenemos
Detrás de buena parte de las preguntas de Sierra aparece otra preocupación: la relación que los colombianos y latinoamericanos construyen con su propio patrimonio.
Considera que conocer el patrimonio cultural permite valorarlo y protegerlo. Por eso defiende una mayor formación artística y cultural desde edades tempranas y cuestiona que el arte siga siendo visto como un accesorio o reservado para especialistas.
Para él, aprender a mirar también transforma la manera en que habitamos un lugar. Conocer una obra, una tradición, una pieza artesanal o una expresión musical puede generar una relación diferente con aquello que nos rodea.
Desde sus primeros estudios en Francia hasta su investigación doctoral; desde la Historia del Arte hasta la cultura; desde el marco hasta la artesanía; desde la identidad colombiana hasta la velocidad del mundo contemporáneo, Gabo Sierra ha construido su trabajo alrededor de una misma necesidad: detenerse frente a aquello que parece evidente y preguntarse por qué.
No sabe si escogió el arte o si el arte lo escogió a él. Lo que sí tiene claro es que no parece dispuesto a dejar de preguntar.
Quizás ahí está el verdadero sentido de su trabajo: crear no para ofrecer respuestas definitivas, sino para conseguir que alguien se detenga, mire y piense que aquello que daba por sentado quizá merece ser cuestionado.
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