Entre la denuncia y la condena digital: cuando las redes sociales se convierten en tribunal

Una publicación en redes sociales puede tardar segundos en alcanzar a miles de personas. Un testimonio, una acusación o un señalamiento puede convertirse rápidamente en tendencia y generar una reacción colectiva. En este escenario, una pregunta cobra cada vez mayor relevancia: ¿en qué momento una denuncia pública legítima se convierte en una condena digital?
Las redes sociales han abierto espacios para que personas que durante años no tuvieron la facilidad de acceder a los canales para ser escuchadas puedan contar sus experiencias, visibilizar situaciones de violencia y poner en discusión hechos que antes permanecían en silencio.
Sin embargo, la posibilidad de hacer pública una denuncia también plantea desafíos cuando una versión parcial de los hechos es interpretada como una verdad definitiva y la indignación colectiva termina reemplazando la investigación y el debido proceso.
Para Sergio Andrés Morales, coordinador académico de la Facultad de Estudios Jurídicos, Políticos e Internacionales y profesor del Departamento de Teoría Jurídica y Constitución de la Universidad de La Sabana, el punto de partida está en diferenciar dos acciones que pueden parecer similares, pero tienen implicaciones distintas: contar y condenar.
"Las redes sociales han permitido que salgan a la luz abusos que durante décadas estuvieron protegidos por el silencio, por el poder o por la desconfianza en las instituciones. Eso es un logro", explica. El problema, señala, aparece cuando el relato público se transforma en una afirmación categórica sobre la responsabilidad de una persona.
Denunciar no equivale a declarar culpable
Uno de los principales riesgos de la conversación digital es asumir que existen reglas absolutas frente a las denuncias públicas. Por ejemplo, que, si una investigación no termina en una condena, necesariamente la denuncia era falsa; que, si una persona no publica pruebas en redes, entonces no las tiene; o que toda persona debe acudir primero ante una autoridad antes de poder hablar públicamente sobre lo ocurrido.
Desde el punto de vista jurídico, estas afirmaciones requieren matices.
Una investigación puede terminar archivada o una persona puede ser absuelta por diferentes razones, sin que ello permita concluir automáticamente que los hechos denunciados nunca ocurrieron o que quien denunció actuó de manera fraudulenta.
Del mismo modo, una persona que afirma haber sido víctima de una conducta no está obligada a publicar en redes sociales el material probatorio de su caso.
Por eso, una persona señalada, una persona investigada y una persona declarada responsable no son lo mismo.
"Una denuncia puede justificar una investigación periodística o judicial. No convierte por sí misma al denunciado en culpable", señala Morales.
Esto resulta especialmente relevante en casos de violencia sexual o basada en género, donde la exposición pública puede cumplir una función de visibilización y búsqueda de apoyo, pero también puede desencadenar consecuencias difíciles de controlar para todas las personas involucradas.
El algoritmo no distingue entre indignación y evidencia
La velocidad de las plataformas digitales ha cambiado la manera en que las personas reciben, interpretan y comparten información. Antes, para que una acusación llegara a una audiencia amplia era necesario, en muchos casos, pasar por un medio de comunicación, un editor y procesos de verificación. Hoy, cualquier usuario puede publicar directamente y alcanzar una audiencia potencialmente masiva.
Para Juliana Castellanos, directora de Posgrados en Periodismo de la Facultad de Comunicación, las redes han desdibujado las fronteras entre conocer, opinar y juzgar.
"Una narración emocionalmente poderosa puede producir una sensación de certeza. Escuchamos un testimonio detallado y la gente empatiza con quien cuenta y ahí hay un efecto: la gente siente que conoce los hechos y los da por sentados", explica.
Sin embargo, conocer un relato no equivale necesariamente a conocer todo lo ocurrido.
A esto se suma la propia dinámica de las plataformas. La indignación, la identificación emocional, el deseo de mostrar de qué lado se está y el llamado "sesgo de confirmación" pueden favorecer que los usuarios compartan contenidos que coinciden con sus propias creencias, incluso antes de verificar la información.
Morales explica que las plataformas no solamente permiten que la indignación circule, sino que pueden reforzar los comportamientos que generan mayor interacción.
Por eso, que un contenido sea tendencia no constituye una prueba de que sea cierto.
"Una cosa es la indignación moral, que es una emoción rápida; otra es la identificación con la víctima y otra es el debido proceso", señala el profesor.
En este escenario, compartir tampoco es una acción completamente neutra. Reenviar una publicación puede contribuir a aumentar su alcance y, con ello, el impacto sobre la persona señalada.
Relatar, opinar e imputar un delito no son lo mismo
No todo contenido publicado sobre una situación tiene las mismas características ni enfrenta las mismas exigencias.
Morales propone distinguir, al menos, cuatro escenarios.
El primero es el relato directo, cuando una persona cuenta una experiencia que afirma haber vivido. El segundo corresponde a la información de terceros, cuando alguien reproduce lo que otras personas dicen que ocurrió. El tercero es la opinión o juicio de valor, como afirmar que determinado comportamiento resulta abusivo o grave. Y el cuarto es la imputación categórica, cuando se afirma que una persona cometió un delito como si se tratara de un hecho probado.
No es lo mismo decir "esto me ocurrió" que afirmar "esta persona es un agresor sexual". En el segundo caso, explica Morales, ya no se está simplemente relatando una experiencia o expresando una opinión, sino atribuyendo una conducta delictiva como un hecho.
Por eso, la exigencia de diligencia aumenta cuando una persona reproduce información de terceros o tiene una capacidad significativa de amplificación.
"Si una persona cuenta que sufrió violencia sexual, no es lo mismo que un tercero reproduzca ese relato. Para el tercero existen cargas de verificación siempre mayores", explica.
La propia Corte Constitucional ha señalado que la libertad de expresión debe analizarse de acuerdo con el contexto de cada caso. Factores como quién comunica, qué comunica, por qué medio lo hace, sobre quién habla y cuál es el impacto generado pueden ser relevantes para determinar si existe una afectación de otros derechos.
Libertad de expresión y derechos fundamentales: una tensión que exige equilibrio
En Colombia, la libertad de expresión y el derecho a informar y recibir información tienen protección constitucional. Al mismo tiempo, también están protegidos derechos como la intimidad, el buen nombre, la honra, la protección de datos personales, el debido proceso y la presunción de inocencia.
La existencia de estos derechos no significa que una denuncia deba ser silenciada.
Para Morales, la presunción de inocencia tampoco debe entenderse como una prohibición de hablar sobre un caso. Su función es impedir que una publicación sustituya la determinación jurídica de responsabilidad.
En otras palabras, una persona puede hablar de una situación, denunciar, pedir ayuda o advertir sobre un riesgo. El problema aparece cuando una sospecha se presenta como certeza, cuando una acusación se convierte en una declaración categórica de culpabilidad o cuando la información se amplifica sin diligencia necesaria.
"La libertad de expresión tampoco puede convertirse en licencia para destruir la vida de alguien con una afirmación que no podemos sostener", afirma Morales.
¿Qué consecuencias puede tener una publicación?
Cuando una publicación afecta derechos fundamentales, pueden existir diferentes vías de respuesta jurídica.
Una de ellas es la acción de tutela, que dependiendo de las circunstancias puede conducir a medidas relacionadas con la rectificación, el retiro de contenidos o la protección de derechos como el buen nombre, la honra, la intimidad o los datos personales. Morales explica que, en estos casos, también pueden tener relevancia las solicitudes previas de rectificación o retiro y los mecanismos de reporte disponibles en las propias plataformas.
En el ámbito penal aparecen, entre otras figuras, la injuria y la calumnia.
La injuria se relaciona con imputaciones deshonrosas, mientras que la calumnia se refiere a la atribución falsa de una conducta delictiva. Y un aspecto que suele pasar inadvertido es que la responsabilidad no necesariamente desaparece porque una persona diga que simplemente estaba reproduciendo lo publicado por alguien más.
"Yo solo retuitee, yo solo compartí" no necesariamente elimina la relevancia jurídica de la conducta, explica el profesor, pues la reproducción o repetición de determinadas imputaciones puede tener consecuencias.
También es importante diferenciar la calumnia de la falsa denuncia. No toda acusación publicada en redes sociales constituye una falsa denuncia. Esta última implica circunstancias diferentes, relacionadas con la atribución de un delito ante una autoridad y bajo determinadas condiciones.
De la misma manera, que una investigación sea archivada o que una persona sea absuelta no convierte automáticamente al denunciante en responsable de una falsa denuncia. Para establecer una responsabilidad de este tipo es necesario analizar las circunstancias concretas del caso.
El periodista: entre la historia de la víctima y el deber de verificar
El desafío también alcanza a los medios de comunicación. En estos casos, publicar el testimonio de una persona puede ser una forma de visibilizar una experiencia que merece ser escuchada, pero la labor periodística no debería detenerse en la reproducción del relato.
Castellanos considera que el periodista debe establecer la identidad y confiabilidad de las fuentes, reconstruir la cronología, verificar lugares y circunstancias, consultar documentos y revisar, cuando corresponda, el estado de las denuncias ante las autoridades.
También, debe buscar la versión de la persona señalada. Esto no significa, poner a la víctima y al presunto agresor frente a frente.
Contrastar las fuentes no equivale a confrontar directamente a las personas involucradas. En casos de violencia sexual, esa distinción es especialmente importante para evitar escenarios de revictimización.
"Si algo no se pudo verificar, el periodista debe ser supremamente transparente con eso", señala Castellanos.
El lenguaje también cumple una función fundamental. Expresiones como "denunció", "afirmó", "según su testimonio", "presunto" o "la Fiscalía investiga" permiten diferenciar una acusación de una responsabilidad jurídicamente establecida.
No es lo mismo informar que una persona fue denunciada por un presunto delito que afirmar que esa persona es responsable de haberlo cometido.
Escuchar a una víctima tampoco significa convertirse en juez
En casos de violencia sexual, además, existe otro riesgo: interpretar los silencios, las inconsistencias o el tiempo transcurrido entre los hechos y la denuncia como pruebas automáticas de que una víctima está mintiendo.
Castellanos advierte sobre el concepto de la "victima perfecta": aquella que supuestamente debería narrar todos los hechos de manera lineal, sin vacíos, contradicciones o comportamientos que puedan resultar difíciles de comprender para quienes escuchan la historia.
La ausencia de ese relato perfecto no permite concluir automáticamente que una denuncia es falsa.
Pero tampoco debe ocurrir el movimiento contrario: transformar la credibilidad inicial que merece una persona que denuncia en una certeza sobre la responsabilidad penal de quien es señalado.
Tomar en serio una denuncia no significa convertirse inmediatamente en juez.
Ese equilibrio resulta especialmente importante cuando una acusación alcanza las redes sociales y miles de personas comienzan a tomar posición sobre hechos que no conocen directamente.
Cuando la absolución judicial no produce una absolución digital
Existe, además, una característica de las redes sociales que dificulta reparar el daño: la permanencia y capacidad de reproducción de los contenidos.
Una acusación puede ser compartida miles de veces en cuestión de horas, mientras que una rectificación puede alcanzar a una audiencia mucho menor.
"Una acusación circula millones de veces, pero una rectificación no va a tener el mismo alcance", advierte Castellanos.
Morales coincide en que internet dificulta que las consecuencias de una publicación desaparezcan completamente.
Un juez puede ordenar retirar un contenido, pero no puede garantizar que las personas olviden aquello que vieron, comentaron o compartieron.
Por eso, la responsabilidad no empieza necesariamente cuando llega una demanda o una decisión judicial. También está presente en el momento previo a publicar, comentar o compartir.
La pregunta no es si hablar, compartir o callar
Las redes sociales han transformado la relación entre ciudadanía, medios de comunicación e instituciones. Han permitido visibilizar experiencias que durante años permanecieron ocultas y han ofrecido a las personas nuevas formas de buscar apoyo, advertir sobre situaciones de riesgo y participar en conversaciones públicas.
El reto, entonces, no consiste en impedir que las personas hablen. Consiste en evitar que hablar se convierta automáticamente en condenar.
Para Castellanos, una tendencia en redes puede ser una razón para investigar, pero nunca una prueba de verdad. Para Morales, la línea jurídica tampoco está simplemente entre denunciar ante una autoridad o publicar en internet, ni entre que exista o no una sentencia. La evaluación depende del contexto: quién habla, qué afirma, de dónde obtiene la información, cómo la presenta, qué derechos están involucrados, qué alcance tiene la publicación y qué diligencia existió antes de difundirla.
En ese escenario, la responsabilidad recae tanto en periodistas como en ciudadanos, creadores de contenido y usuarios que participan en la cadena de difusión.
Porque una denuncia merece ser escuchada, una víctima merece ser tomada en serio y una investigación merece desarrollarse con garantías. Pero una persona señalada también conserva sus derechos mientras no exista una determinación judicial de responsabilidad.
El desafío está en proteger ambas orillas al mismo tiempo.
Como concluye Morales, "la prudencia no es censura". En un entorno donde cualquier publicación puede permanecer y multiplicarse mucho después de haber sido realizada, detenerse a verificar antes de compartir puede ser la forma más efectiva de evitar un daño que después resulte imposible de reparar.
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