Más allá de la compensación: la ruta de descarbonización de la Universidad de La Sabana

Más que compensar su huella de carbono, la Universidad impulsa una transformación de largo plazo para reducir sus emisiones, fortalecer la cultura ambiental y formar profesionales capaces de liderar la sostenibilidad desde sus organizaciones.
¿Sembrar árboles basta para enfrentar el cambio climático? Durante años esa fue una de las principales estrategias de las organizaciones para compensar las emisiones de carbono. Aunque está demostrado que la restauración de ecosistemas y la siembra de árboles contribuyen a capturar dióxido de carbono y generan beneficios para la biodiversidad y las comunidades, hoy los compromisos internacionales frente al cambio climático y los estándares basados en ciencia coinciden en que, por sí solos, no son suficientes. El desafío ahora es ir un paso más allá: reducir las emisiones desde su origen y compensar únicamente aquellas que aún no es posible evitar.
Ese cambio de paradigma es el que hoy guía la estrategia de descarbonización de la Universidad de La Sabana. Más que compensar el impacto de sus emisiones, la Institución decidió transformar progresivamente la manera en que opera el campus para generar cada vez menos carbono. Ese compromiso se tradujo en una hoja de ruta basada en ciencia que la convirtió en la primera institución de educación superior del país en cumplir el Protocolo de Procesos de Descarbonización de ICONTEC bajo un enfoque de objetivos basados en ciencia (SBTi), el estándar más riguroso adoptado por esta entidad para trazar la ruta hacia las emisiones netas cero en 2050.
Este hito refleja una decisión institucional: entender que el compromiso con el ambiente no consiste únicamente en equilibrar el impacto que se genera, sino en producir cada vez menos emisiones.
Un compromiso que nació de la escucha
La ruta comenzó a tomar forma en 2021, cuando la Universidad formuló sus prioridades estratégicas y distintos grupos de interés plantearon una pregunta que terminaría transformando la conversación institucional: ¿qué estaba haciendo la Universidad frente a los desafíos ambientales?
Esa reflexión dio origen a la quinta prioridad estratégica, Ciudadanía Inspiradora, desde la cual la Universidad asumió el reto de fortalecer su relación con el entorno, coherente con su crecimiento como campus y con principios que ya estaban presentes en su Proyecto Educativo Institucional, como el cuidado de la casa común.
"Nos sentamos a pensar qué significaba realmente ser ciudadanos inspiradores también en lo ambiental. Ahí entendimos que debíamos actuar no solo como formadores de personas, sino también como organización responsable de su impacto", explica Edwin Roberto González, director de Entorno Saludable y Sostenible.
Al mismo tiempo, el país avanzaba en la implementación de los compromisos adquiridos en el Acuerdo de París y en la definición de metas nacionales de descarbonización. La Universidad decidió entonces aportar desde su propio ámbito de acción.
Medir para transformar
El primer paso fue conocer con precisión cuál era la huella de carbono de la Universidad. Comenzó a medir todas las emisiones asociadas a su operación: el consumo de energía, el uso de agua, la movilidad, los viajes, la gestión de residuos y otros procesos cotidianos del campus. Las primeras mediciones permitieron identificar oportunidades de mejora y fortalecer el rigor técnico del proceso hasta contar hoy con un inventario de emisiones validado y certificado por ICONTEC.
A medida que fortalecía el rigor técnico de estas mediciones, la Universidad empezó también a compensar sus emisiones mediante la adquisición de certificados de carbono. Gracias a estos proyectos, en los últimos años se han sembrado árboles en regiones como Putumayo, Mocoa, Guainía y Vichada.
Pero ese era apenas el comienzo. "La idea no era solamente compensar las emisiones, porque eso no es inspirador. La idea es reducirlas lo más que podamos", afirma Roberto. La diferencia es fundamental. Cada árbol sembrado ayuda a capturar parte del dióxido de carbono ya emitido a la atmósfera y, por eso, permite compensar el impacto de esas emisiones.
Sin embargo, esa acción no evita que la Universidad siga generando nuevos gases de efecto invernadero en su operación cotidiana. Compensar funciona como un equilibrio: por cada tonelada de CO₂ que la Universidad genera, financia proyectos que permiten capturar una cantidad equivalente mediante la restauración de ecosistemas. Reducir, en cambio, significa lograr que esa tonelada nunca llegue a producirse. Es decir, consumir menos energía, hacer más eficiente la infraestructura, disminuir los residuos, optimizar la movilidad y transformar los procesos para emitir cada vez menos carbono.
Transformando la operación del campus
Descarbonizar una universidad no depende de una única iniciativa. Requiere transformar la manera en que funciona el campus y revisar, una por una, las actividades que generan emisiones.
Uno de los avances más significativos ha sido la consolidación del Sistema de Gestión Basura Cero, certificado en categoría Oro. Más que un programa de reciclaje, implicó cambiar la forma en que la Universidad compra, consume y gestiona sus residuos. La estrategia comienza desde la separación en la fuente y el aprovechamiento de materiales, y se complementa con alianzas con gestores especializados y procesos permanentes de formación para la comunidad universitaria.
Los resultados reflejan esa transformación. Mientras hace algunos años la meta era aprovechar el 25 % de los residuos sólidos generados, hoy la Universidad supera el 95 % de aprovechamiento, una cifra que evidencia el impacto de un cambio cultural sostenido.
A este esfuerzo se suman otras acciones para reducir las emisiones desde la operación diaria: la modernización de la iluminación con tecnología LED y sensores de movimiento,la nueva granja solar que permitirá generar cerca del 20 % de la energía consumida en el campus, el mejoramiento de la eficiencia energética de los edificios y otras iniciativas contempladas en el Plan de Gestión de Huella de Carbono.
El rigor, como base del impacto
¿Cómo saber que una estrategia de descarbonización realmente está funcionando? Para la Universidad, la respuesta ha sido someter su desempeño a estándares y evaluaciones externas.
Además de validar anualmente su huella de carbono, participa desde hace cinco años en el UI GreenMetric World University Ranking, uno de los principales rankings internacionales de sostenibilidad universitaria, donde ha pasado de ubicarse por encima del puesto 600 a situarse hoy entre las primeras 210 instituciones del mundo y a ocupar el 12° a nivel nacional.
Más allá de la posición, el ejercicio permite identificar oportunidades de mejora. “Una muy buena práctica que hemos hecho es medir a la Universidad con referentes internacionales de esos temas, para entender qué esperan. (...) Eso nos permite saber qué tan lejos o qué tan cerca estamos de convertirnos en el referente que queremos ser”, explica Roberto.
Esa misma búsqueda de rigor llevó a la Universidad a certificarse bajo el nuevo Protocolo de Procesos de Descarbonización de ICONTEC, alineado con objetivos basados en ciencia. A diferencia de metodologías anteriores, este exige demostrar con evidencia técnica cómo una organización reducirá sus emisiones de manera progresiva hasta alcanzar las metas climáticas de largo plazo. “Nos certificamos bajo el mejor referente que tenemos a nivel nacional y eso habla del trabajo riguroso que hemos hecho”, asegura el Director.
Una transformación que involucra a toda la comunidad
La descarbonización no depende únicamente de proyectos de infraestructura o de decisiones administrativas. También requiere transformar los hábitos de quienes viven el campus todos los días.
Como institución educativa, la Universidad incorpora la sostenibilidad en la formación integral de sus estudiantes y busca que ese aprendizaje trascienda las aulas. Esa visión también se vive en el campus a través de Campus 3S, una estrategia que integra tres dimensiones inseparables: un entorno Seguro, que protege el bienestar de las personas; Saludable, que promueve hábitos y espacios favorables para la calidad de vida; y Sostenible, que impulsa el cuidado de los recursos naturales y la reducción del impacto ambiental.
Bajo ese enfoque, la experiencia diaria se convierte en un escenario de aprendizaje. La señalización, los sistemas de separación de residuos, las campañas de sensibilización, el conocimiento sobre la biodiversidad del campus y las acciones para el ahorro de agua, energía y papel buscan que estudiantes, profesores y colaboradores incorporen estos principios a sus decisiones cotidianas.
Ese cambio cultural también se mide. La Universidad aplica periódicamente una evaluación de conciencia ambiental para conocer no solo cuánto saben estudiantes y colaboradores sobre sostenibilidad, sino, sobre todo, en qué medida esas convicciones se traducen en acciones concretas. "Una cosa es saber que es importante cuidar el ambiente y otra muy distinta hacerlo todos los días", explica Roberto.
El compromiso también involucra a las unidades académicas y administrativas. Catorce dependencias participan en la recolección de información para los principales indicadores de sostenibilidad, un ejercicio que no solo permite reportar resultados, sino identificar nuevas oportunidades de mejora en cada proceso.
Porque, al final, el propósito va mucho más allá de reducir emisiones o alcanzar certificaciones. La apuesta es formar personas capaces de tomar mejores decisiones frente a los desafíos ambientales allí donde ejerzan su profesión. "Estamos formando a los líderes del futuro. Cuando ellos dirijan empresas o instituciones, queremos que también sean responsables con el ambiente", afirma Roberto. Si sembrar árboles ayuda a restaurar ecosistemas, formar ciudadanos inspiradores tiene el potencial de multiplicar ese impacto durante generaciones.
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