La banda sonora del amor: por qué una canción puede devolvernos a una persona

Bastan unos segundos de una canción para que aparezcan un rostro, un lugar o una historia que creíamos olvidada. Expertos de la Universidad de La Sabana explican cómo la música se convierte en memoria, lenguaje emocional y parte de nuestros vínculos afectivos.
Una melodía puede convertirse en la canción de una pareja, acompañar una despedida o devolvernos, años después, a una etapa de nuestra vida.
¿Qué hace que la música tenga ese poder sobre nuestra memoria y nuestras emociones?
Juan Sebastián García, profesor de Sonido Audiovisual de la Facultad de Comunicación, y Pablo Enrique Gutiérrez Cardozo, psicólogo social y profesor de la Maestría en Psicología, explican este fenómeno desde dos perspectivas complementarias: la música como lenguaje y construcción de significado, y la memoria emociona como espacio en el que quedan asociadas nuestras experiencias afectivas.
Cuando una canción se convierte en “nuestra canción”
“Esta canción me recuerda a ti”. Es una frase cotidiana que resume una relación mucho más profunda entre música y vínculos afectivos.
Para Gutiérrez, la música está “supremamente relacionada con la memoria emocional”. Una melodía puede quedar asociada con una persona, una escena o un estado emocional y reaparecer posteriormente sin que necesariamente decidamos buscar ese recuerdo.
“Una determinada melodía, una determinada canción queda asociada al momento, a la persona, a la escena o a un estado interno”.
Esta relación también ayuda a explicar por qué algunas parejas tienen una canción que consideran propia. La canción deja de ser únicamente una pieza musical y comienza a formar parte de la historia compartida.
De igual manera, Juan Sebastián explica que “Al establecer vínculos con otras personas y vivir experiencias de diferente índole, nuestro cerebro crea conexiones de la misma manera que cuando aprendemos a lo largo de nuestra vida.”
Desde la mirada del psicólogo, dedicar una canción puede funcionar como un ritual que ayuda a construir una identidad de pareja:
“Al dedicar una canción se crea un nosotros, es decir, se crea una estructura simbólica compartida que sincroniza los estados efectivos y crea una identidad de pareja”.
La música puede expresar, además, aquello que resulta difícil decir directamente. Una letra, una melodía o incluso un fragmento instrumental pueden convertirse en una forma de ponerle palabras o sonidos a una emoción.
“Entonces el arte cumple esa labor de ayudarnos a simbolizar una emoción”, explica Gutiérrez.
Una memoria que aparece sin pedir permiso
Hay una razón por la que una canción puede transportarnos de inmediato al pasado. La música no se almacena en nuestra experiencia únicamente como sonido: puede quedar vinculada a las circunstancias emocionales en las que la escuchamos.
Por eso, después de años sin escuchar una melodía, podemos encontrarnos de repente con recuerdos de una persona, un lugar o una etapa de nuestra vida.
Gutiérrez advierte que no habla desde la neuropsicología, pero explica que una canción significativa puede reactivar redes asociadas con el recuerdo y hacer que vuelva parte del contexto emocional de aquella experiencia.
El vínculo puede comenzar incluso mucho antes de nuestras primeras historias amorosas. La música y la voz forman parte de las experiencias tempranas de cuidado y apego: las canciones de cuna, los arrullos y la voz de quienes nos cuidan constituyen algunas de nuestras primeras experiencias sonoras.
Gutiérrez las describe como “huellas de apego” que pueden permanecer vinculadas a la sensación de sentirse querido y reactivarse posteriormente en los vínculos adultos.
La fuerza de esa asociación puede ser especialmente evidente en personas con deterioro de la memoria. El profesor cuenta la experiencia de acompañar a su madre, quien tiene Alzheimer, y utilizar canciones que ella escuchaba durante su infancia como parte de sus actividades.
Al escuchar música de su época, recuerda personas, lugares y experiencias de cuando tenía alrededor de 15 años.
La anécdota ilustra el poder de la música como puerta de entrada a recuerdos que parecían inaccesibles.
El amor no cabe en una sola canción
Si la música habla tanto del amor es, precisamente, porque el amor tampoco es una sola emoción.
Para Gutiérrez, se trata de una experiencia universal, pero al mismo tiempo singular: todas las personas pueden amar, aunque cada una construya y viva esa experiencia de manera diferente.
Y el amor tiene múltiples caras. Puede contener ternura, erotismo, nostalgia, celos, promesas, dependencia o melancolía. Cada una de estas dimensiones puede convertirse en materia para una canción.
Por eso, la música de amor no se limita a las canciones felices o románticas. También incluye las historias de pérdida, los amores imposibles, las rupturas y los recuerdos que permanecen después de que una relación termina.
Desde el psicoanálisis, Gutiérrez relaciona esta capacidad de transformar una experiencia emocional con el concepto de sublimación, desarrollado por Sigmund Freud: la posibilidad de transformar una pulsión o un deseo en una creación cultural.
La música puede convertirse así en una forma de elaborar aquello que duele.
“A partir de la música se puede transformar el dolor, si se quiere, sin quedar destruidos; se puede elaborar una pérdida dándole belleza, volviéndola una obra estética”.
El arte no necesariamente elimina el dolor, pero puede darle una forma que permita hacerlo más soportable.
Cuando una canción también duele
La misma canción que alguna vez acompaño una historia de amor puede adquirir otro significado cuando la relación termina.
Por eso no existe un género musical, una canción o un sonido que funcione de la misma manera para todas las personas durante un duelo amoroso. Lo que para alguien representa consuelo puede resultar insoportable para otra persona.
La explicación está en la historia personal. Una canción no tiene un significado emocional completamente independiente de quien la escucha: lo construimos a partir de las experiencias que asociamos con ella.
Escuchar una canción triste tampoco significa necesariamente quedarse atrapado en la tristeza. Puede ser una manera de reconocer una emoción, expresarla y comenzar a elaborarla.
Tal como lo menciona el profesor García: “No es posible generalizar estilos musicales o instrumentos que ayuden a sanar o superar un duelo, pero si podemos identificar aspectos de la misma música que nos pueden ayudar a expresar mejor lo que sentimos, como el ritmo, la melodía, la armonía, algún sonido en particular de un instrumento o una combinación de elementos adicionales.”
En este sentido, la música puede convertirse en un espacio para procesar aquello que todavía no sabemos explicar con palabras.
La música también cuenta la historia de Colombia
Esta relación entre música, memoria y experiencia o se limita a las historias de pareja. También puede ayudar a entender cómo una sociedad recuerda y cuenta su propia historia.
Gutiérrez destaca que Colombia es un país culturalmente diverso y que esa diversidad se refleja en su música, resultado de la convergencia de raíces indígenas, hispánicas y africanas.
Pero hay otro elemento que considera fundamental: la tradición oral.
“Nuestra historia es más que una historia contada. Muchas veces es una historia cantada”.
En diferentes regiones del país, la música ha conservado relatos y memorias que no necesariamente quedaron registrados por otros medios. Los cantos de tradición afrocolombiana, los vallenatos y distintas expresiones de la música andina han contado historias de comunidades, conflictos, pérdidas, desplazamientos y transformaciones sociales.
La canción puede convertirse así en una forma de conservar aquello que una sociedad no quiere o no puede olvidar.
Gutiérrez llama la atención, además, sobre una característica particular de algunas expresiones musicales colombianas: la convivencia entre letras que narran tragedias y ritmos asociados con la fiesta y la celebración.
“Las dos caras de una misma moneda: la fiesta y la tragedia, pero ambas combinadas”.
Una canción puede guardar una historia
Quizás por eso algunas canciones terminan significando mucho más de lo que sus autores imaginaron.
Pueden ser una declaración de amor, un código compartido, el recuerdo de una persona, la banda sonora de una etapa o una manera de atravesar una pérdida.
Una relación puede terminar y los años pueden pasar, pero una melodía puede conservar una parte de aquello que vivimos.
No siempre porque queramos volver. A veces, simplemente, porque la memoria encontró una puerta.
Y esa puede ser una de las razones por las que seguimos diciendo, incluso muchos años después: “Esta canción me recuerda a ti”.
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