Elecciones 2026: ¿Votamos con la razón o con la emoción?

Un análisis desde la psicología política explica cómo los sesgos cognitivos, la polarización digital y emociones como el miedo y la ira están influyendo en el comportamiento electoral de los colombianos rumbo a las elecciones de 2026.
Los actos de intolerancia de cara las elecciones presidenciales se han hecho evidentes en los últimos días. Las agresiones en redes sociales y los videos de riñas entre personas que dicen ser de derecha e izquierda están a la orden del día y marcan un ambiente de polarización.
A medida que se intensifica el debate público, la forma en que los ciudadanos toman decisiones electorales se vuelve un tema central. Entre algoritmos, cámaras de eco y discursos polarizantes, surge una pregunta clave: ¿están los colombianos eligiendo desde la razón o reaccionando desde emociones profundamente arraigadas? Desde la psicología política, el análisis apunta a que el comportamiento electoral es más complejo de lo que tradicionalmente se ha creído.
Camilo Rincón Unigarro, psicólogo y magíster en Psicología, especializado en psicología política y profesor de la Universidad de La Sabana, explica que la psicología política ha evolucionado: de entender el voto como un acto puramente racional ha pasado a verlo como un sistema de “grados de racionalidad”. Es decir, las personas no votan exclusivamente desde la lógica ni desde la emoción, sino desde distintos niveles de procesamiento de información que resultan adaptativos, en otras palabras, votan desde sus sesgos.
El experto señala que leer los programas de gobierno no es un hábito común “La gente hace de todo menos leer el plan de gobierno” y explica que ser “irracional” en la búsqueda de información puede ser, paradójicamente, una estrategia de supervivencia cognitiva. “Es adaptativo porque la persona no tiene que perder todo el tiempo informándose a partir de todo lo que está en internet”.
Sesgos y cámara de eco
El profesor advierte que el entorno digital potencia dinámicas como ese sesgo confirmatorio, una tendencia que tienen los seres humanos a interpretar y recordar selectivamente información que respalda sus creencias preexistentes. La segmentación en redes sociales produce lo que se conoce como “cámaras de eco” o “echo chamber” — entorno (físico o digital) donde las ideas se repiten y amplifican constantemente, reforzando las propias creencias y excluyendo voces contrarias—. En estos medios digitales, los algoritmos crean "burbujas de filtro" que aíslan al usuario, fomentando la polarización, el sesgo de confirmación y el extremismo, limitando el pensamiento crítico, por lo que lejos de considerar estos sesgos como un error, el experto indica que estos cumplen una función en la toma de decisiones. De hecho, resalta que “nadie vota de forma racional, nadie lo hace”. La racionalidad perfecta, explica, no es una condición real del comportamiento humano en política.
Intentos de “desintoxicación” política
Frente a la polarización creciente, también han surgido iniciativas que buscan reducir la confrontación. El profesor hace referencia a modelos de intervención como los impulsados por Deliberación, Innovación y Política (DIP), una organización que desarrolla estrategias basadas en ciencia del comportamiento, comunicación y tecnología para disminuir el antagonismo interpartidista y promover actitudes democráticas.
Estas propuestas incluyen ejercicios como ponerse “en los zapatos” del otro votante o exponerse a narrativas de contacto positivo entre personas de ideologías opuestas. No obstante, Rincón advierte que el impacto de estas intervenciones es limitado. Desde la evidencia experimental, señala que los efectos son modestos y que los sesgos no desaparecen. La psicología política contemporánea, explica, ya no busca eliminar los sesgos — porque son inevitables — sino entender cómo funcionan y hacia dónde se pueden dirigir.
Las emociones que mueven la aguja: Miedo e Ira
Cuando se trata de emociones, el panorama tampoco es alentador. Para quienes apuestan por campañas basadas en la “esperanza” la evidencia empírica muestra que los sentimientos negativos son mucho más efectivos para movilizar el electorado. El profesor afirma: “Sabemos que su efecto para movilizar a las personas a participar en políticas es muy pequeño. En cambio, las emociones que nos hemos dado cuenta de que motivan muchísimo a la gente a votar y que son las predominantes son el miedo fundamentalmente, y la ira”. En el caso colombiano, estas emociones están relacionadas con la historia de conflicto y violencia política, lo que ha configurado un escenario donde los motores centrales penden de la movilización electoral.
Desde esa perspectiva, el panorama actual no gira en torno a la convicción por un proyecto, sino al rechazo del otro. Más allá de las emociones individuales, el académico identifica una predilección en el país: el voto negativo. Él describe este fenómeno como un “sesgo endogrupal”, donde la política gira en torno al desprecio por el bando contrario. Este fenómeno, aunque facilita la toma de posición, intensifica la polarización.
“Los colombianos este año y, al igual que hace muchos años, también están votando en contra. Es decir, es una tendencia que cada vez se demás consolidada en (...) el paradigma del grupo que menos me gusta”, afirma.
El verdadero peligro: el retroceso democrático
“La gente está votando por sesgo negativista o por ser interpartidista” y, según el experto, aunque esto no debería considerarse grave, el desafío actual de la psicología política no es hacer a la gente “perfectamente informada”, sino un llamado a fortalecer la convivencia, la competencia política y el respeto por la diferencia, dirigiendo los sesgos naturales hacia posturas que permitan la relación social y el respeto por las instituciones.
Lo que preocupa al académico es el aumento de actitudes que cuestionan las bases del sistema político, erosionando sus valores fundamentales y debilitando el respeto por las reglas de juego; las personas se están volviendo más autoritarias y menos democráticas. A su juicio, lo que está en juego no es si el voto es más racional o emocional, sino la salud misma del régimen político. “Para mí, el momento histórico en el que estamos en este momento en el mundo, en política en general, es un retroceso. La gente yéndose para atrás”.
Este retroceso, advierte, no es abstracto ni teórico: se concreta en decisiones y discursos que estropean las bases del sistema. Cuando se debilitan instituciones que garantizan derechos, se normaliza la exclusión del adversario político, la discusión deja de ser ideológica y se convierte en algo estructural. “Eso para mi es un problema grave porque está marcando el momento en el que estamos viviendo”. En ese escenario, más que preguntarse si el voto es racional o emocional, la urgencia — según su análisis — es defender las reglas mínimas de convivencia cívica antes de que el deterioro se vuelva irreversible. En última instancia, lo que el panorama actual refleja es un retroceso democrático y no otra cosa.
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