El milagro de los peces en La Guajira

Fotos de Maria Guarin
*Texto publicado en El Tiempo
La Universidad de La Sabana, a través de la Facultad de Ingeniería, el Unisabana Hub, el Sena y la financiación del SGR (Sistema General de Regalías), desarrolló el proyecto “Implementación de herramientas biotecnológicas y sistemas de recirculación para lograr la sostenibilidad del cultivo de tilapia como estrategia productiva para la seguridad e inocuidad alimentaria en La Guajira”. Hoy esta solución se proyecta como una salida ante la inseguridad alimentaria de una región olvidada y con grandes necesidades.
Muchos me hablan de Elizabeth, la primogénita de una familia de cinco personas; la hija de una mujer de 26 años de apellido Epinaiyú. Con la madre cruzó unas pocas palabras. De semblante tímido, extrema delgadez y una barriga prominente con respecto a su cuerpo, que, más que magro, está seco, enjuto, aguarda bajo la sombra de un trupillo. Espera a que la llamen para recibir un par de bolsas de tilapia. Entonces habla de sus hijos. “Elizabeth es la mayorcita y le siguen Eliseo, Lisbeth y Elian; el más pequeño”. En su vientre espera al quinto bebé, que próximo a nacer, aun no tiene nombre ni padre. Pese a ello, la señora Epinaiyú, soltera, de brazos delgados y clavículas dicientes, no se le ve preocupada, ni ansiosa, quizás lo único que la mantiene alerta son los minutos consecuentes al llamado porque como explica el fraile Ronal Antiver Muriel, un sacerdote franciscano oriundo del Cesar que convocó el encuentro “el tiempo acá en la comunidad de Coral (La Guajira), pasa muy despacio”.
Tras escuchar al fondo el llamado y con el peso del vientre, la señora Epianaiyú se levanta con algo de esfuerzo de la silla ubicada bajo el árbol. Desde la altura de una camioneta un par de hombres del SENA, le entregan dos bolsas de pescado (dos kilos) empacados al vacío. La mujer dice con una sonrisa en el rostro que el pescado lo va a preparar, frito o guisado y que alimentará a sus hijos. La reacción no es menor. En estas tierras áridas comer proteína se ha convertido en un milagro, porque si en las casas de adobe en donde viven estas familias existen dos platos de comida al día, se componen de yuca, plátano o maíz.
Elian toma una de las bolsas con el alimento y se aleja del lugar junto a su madre. El fraile la observa alejarse y cuando se le pregunta por cuáles son las mayores necesidades de la zona, no se atreve a señalar la peculiar historia de la señora Epianaiyú, porque a fin de cuentas, la más grande de esta exigua zona puede ser la misma de las ciudades, “la sed de fé”, dice.
Sin embargo, no es ajeno a la realidad que le rodea hace cuatro meses, cuando fue enviado en misión guadalupana. Explica que hay necesidades que son evidentes y destaca lo importante que resulta que la gente pueda tener lo básico para vivir, para ofrecer a sus hijos esperanza, cambiar la historia que se repite y que de cara a la opinión pública en el interior del país, son números que al final no le dicen nada.
El Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) revelaron en un informe publicado este año que durante el 2024 el 25,5% de los hogares sufrió de inseguridad alimentaria moderada o grave. En La Guajira, por ejemplo, uno de cada dos hogares, no tuvo acceso a alimentación y según datos de la Procuraduría, 149 fallecimientos de menores se confirmaron por dicha causa.
Elizabeth tiene nueve años y según el sacerdote, es muy inteligente y está hecha para ser grande, para mejorar el mundo, solo necesita suplir las necesidades básicas para tener oportunidad. Hoy el pescado que le entregan a su madre, la señora Epinaiyú, si tiene un poco de suerte, le permitirá dormir sin hambre. Mañana Dios Proveerá.
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Al llegar a la sede del Sena en Fonseca (La Guajira) la doctora Luisa Marcela Villamil, observa en tanques de 15 metros cúbicos su reflejo. En realidad, busca hallar los peces que se encuentran en el fondo y que se dejan ver tímidamente, dependiendo del ángulo con se incline la mirada. En el tanque, explica, hay 750 peces y se espera que lleguen a un peso aproximado de 500 gramos para ser retirados, sacrificados, empacados al vacío y congelados.
Las tilapias negras se mueven en círculos y debido a su peso y edad reciben alimento tres veces al día. Al fondo del lugar se ve cómo funciona el sistema que hace posible que el agua recircule. Del agua que llega a este punto se remueven los sólidos orgánicos y compuestos nitrogenados por medio de la sedimentación, filtración y tratamiento microbiano para reacondicionar el recurso mediante desinfección, oxigenación y eliminación de CO2. “Interviene como tal un filtro tambor que permite separar los sólidos. Estos van afuera del sistema donde se sedimentan. La otra parte del agua pasa por unos bioelementos que, parecidos a fichas de lego, vienen siendo las casitas de las bacterias que nos ayudan a tratar el agua reduciendo el impacto para los peces en cuanto a toxicidad. Posteriormente, el agua se reintegra al sistema”, señala Edson Villamizar Otero, profesional en acuicultura, profesor investigador en campo de la Universidad de La Sabana en el departamento de La Guajira.
En La Guajira muchos se dedican al cultivo tradicional de peces. Es decir, recurren a aguelles o estanques en tierra. Excavan manualmente y siembran peces a baja escala sin aplicación de tecnología. Si bien en los últimos años ha aumentado la producción tecnológica, la realidad es que los costos de un sistema RAS pueden convertirse en un desafío para las comunidades. En ese sentido, expertos como Edson Villamizar advierten que resulta indispensable la conformación de cooperativas para que ese 1% de producción, con el que actualmente cuenta el departamento, aumente y la región pueda ser más competitiva.
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La fuente de proteína tradicional de La Guajira es el chivo. El friche, un plato frito a base de carne, vísceras y sangre del animal cocinado en su propia grasa; el chivo guisado en coco, una carne tierna en salsa de este fruto seco y el chivo asado o guisado, encabezan la lista de preparaciones. Entorno a esta forma de alimentarse, de hecho, existe el festival del Chivo, un encuentro anual que se realiza en Maicao, en el que la diversidad de modalidades de cocción se reúne en un solo lugar. Pero sobre el chivo, un animal que se alimenta fácilmente en el desierto con brotes de pastos, maleza, ramas de árboles y arbustos, la ciencia estima que, su tenencia puede demandar hasta 20 veces más agua que la del cultivo de tilapia, si esta se reutiliza. De ahí que irónicamente el cultivo de tilapia sea más sostenible.
“Lo novedoso de este proyecto, es la integración de herramientas ingenieriles con herramientas biotecnológicas para mejorar la productividad y la resistencia del cultivo de tilapia, en ganancia en peso y supervivencia en laboratorio. En ingeniería se utilizan filtros sucesivos, luego biológicos para la reducción del exceso de nutrientes especialmente nitrogenados, de fósforos y la filtración por medio de filtros UV. Se mantuvieron los parámetros físico químicos del agua mediante la adición de nano burbujas de oxígeno y mediante la toma de parámetros diaria”, explica la investigadora.
Pero el desarrollo fue más allá. También logró optimizar los tiempos de cultivo por medio de un innovador probiótico diseñado especialmente para la tilapia negra (también conocida como tilapia plateada), que optimiza el tiempo de cultivo, haciendo a los animales ganar peso y protegiéndolos de enfermedades.
“Estudiamos la microbiota asociada al cultivo de tilapia nilótica (del Nilo, una especie de aguas someras y de climas cálidos) desde alevinos, hasta la parte de engorde, comparando mediante métodos moleculares y de cultivo tradicional, el crecimiento de los microorganismos, su composición. A partir de eso empezamos con la selección de microorganismos, tanto bacterias aerobias como anaerobias que tienen potencial de mejorar el crecimiento de los peces y de matar patógenos como el Streptococcus agalacti 1A que es el causante de las mortalidades masivas en el país”, explica Jessica Rojas, investigadora del proyecto y estudiante de la maestría en Maestría en Diseño y Gestión de Procesos de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de La Sabana.
Para lograrlo, los investigadores hicieron estudios en el laboratorio tanto con los microorganismos, como con los peces y estableciendo su supervivencia, el crecimiento y parámetros de expresión de genes de defensa a través del estudio del ARN mensajero, procedieron a realizar pruebas en los cultivos de las sedes del Sena de las regiones de Fonseca y Riohacha. “Pusimos a crecer en un medio de cultivo un microorganismo diseñado especialmente para esos peces y por medio de un método en el que se incrementa su estabilidad, que se llama secado por aspersión, pudimos secarlo rápidamente, exponiéndolo a temperaturas hasta de 180º”, explica la doctora Luisa Villamil. El resultado, a manos de las doctoras Maria Ximena Quintanilla y Ruth Yolanda Ruiz, fue es un polvo que puede integrarse en el alimento de los peces y que tiene una vida útil hasta de 1 mes a 4 ºC. Como resultado, se dio paso al desarrollo y validación de un producto probiótico para incrementar la supervivencia de tilapia.
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Hoy en la regional Sena de Riohacha los estudiantes cuentan con un punto acuícola, que antes no existía. Antes de marcharse a casa se reúnen frente a las piscinas. Es medio día y el calor abrasador. Sin embargo, donde están los estanques con los peces hace fresco. La sombra de un techo en PVC, que cubre los cultivos para prevenir que el agua se ponga muy caliente y que se agote con mayor rapidez el oxígeno, hace incluso agradable pasar la hora más calurosa del día allí.
Los jóvenes explican que son estudiantes de acuicultura en el Sena. Algunos pertenecen a la etnia wayú y dicen que ven en esta actividad una forma de vida que más adelante puede ayudarles a producir alimento en su territorio. Mantienen la esperanza en su territorio y de la mano del equipo del Sena, se han preocupado por los peces y han colaborado de forma valiosa al proyecto.
“Hemos implementado la energía solar fotovoltaica, un aporte que se hace desde el centro industrial. Hoy, nosotros estamos liderando el tema de energía y esto nos permite salvaguardar a los peces por la pérdida del fluido eléctrico que se ha presentado durante tantas horas “, explica Linda de Jesús Tromp, directora de la seccional Guajira, haciendo referencia al servicio eléctrico de la región, tan incierto en esta zona de Colombia.
Los avances son significativos. En una región donde la percepción del tiempo es otra, el Sena ha logrado convocar a los campesinos acuicultores para brindarles los conocimientos que les permitan construir sus estanques para la comercialización de peces y así dar ese paso para pensar en una industria que contribuiría a mover la economía.
Por ahora, como bien lo indica Tromp, “Las grandes cosechas que hemos recolectado las hemos repartido entre los más necesitados. Estuvimos en Uribia en una misión, con la arquidiócesis de Riohacha. Vienen muchas personas, pero el señor no nos deja en vergüenza. Siempre se da la multiplicación de los peces. Nunca hemos dejado a una sola familia sin su ración. Nos llena mucho el corazón cuando la gente lo agradece. Nadie está por casualidad en ninguna parte y nosotros nos unimos para lograr enseñar a cómo lograr una gran producción”.
De ahí que Villamil, explique que el proyecto sea un grano de esperanza en medio del gran desierto de La Guajira, pues por momentos parece un milagro que los peces se multipliquen y sirvan de alimento para una región, que, aunque es costera, hoy ve las consecuencias de la sobrepesca y que, aunque es desértica, ve en el cultivo de tilapia la posibilidad de prosperar y quitar el hambre de una persona como la señora Epinaiyú, Elizabeth y sus cuatro hermanos.
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