Más allá de eliminar los síntomas: un nuevo paradigma para la salud mental de niños y adolescentes

En colaboración con: Santiago Zarate Guerrero - profesor de la Maestría en Psicología Clínica de la Niñez y la Adolescencia, Facultad de Ciencias del Comportamiento, Universidad de La Sabana.
Durante muchos años, el tratamiento psicológico de niños y adolescentes se centró en un objetivo claro: disminuir los síntomas. La ansiedad, la depresión, las conductas disruptivas o la impulsividad eran el principal foco de intervención, bajo la premisa de que reducir estas manifestaciones era sinónimo de recuperación. Aunque este enfoque ha generado importantes avances, hoy la evidencia científica invita a ampliar la mirada.
Cada vez es más claro que la salud mental no depende únicamente de la ausencia de síntomas, sino también de la capacidad para afrontar las dificultades, regular las emociones y construir una vida coherente con aquello que cada persona considera valioso. Este cambio de perspectiva ha impulsado el desarrollo y la consolidación de las llamadas terapias contextuales o terapias de tercera generación, entre las que destacan la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), la Terapia Dialéctica Conductual (DBT), la Psicoterapia Analítico Funcional (PAF) y la Activación Conductual (AC).
A diferencia de los enfoques tradicionales, estas intervenciones no buscan que los pensamientos o emociones desagradables desaparezcan por completo. Su propósito es ayudar a que niños, adolescentes y familias aprendan a relacionarse con esas experiencias de una manera más flexible, evitando que el miedo, la ansiedad o la tristeza limiten sus decisiones o interfieran con su desarrollo.
La investigación desarrollada en los últimos años respalda este cambio de paradigma. Diversos estudios internacionales han demostrado que las terapias contextuales pueden reducir significativamente los síntomas de ansiedad y depresión en población infantil y adolescente. Sin embargo, uno de sus mayores aportes radica en que el éxito terapéutico no se mide únicamente por la disminución del malestar, sino por la capacidad de la persona para continuar avanzando hacia sus objetivos personales, incluso cuando experimenta emociones difíciles.
En este sentido, la Terapia de Aceptación y Compromiso promueve habilidades como la aceptación, la atención plena, la flexibilidad psicológica y el compromiso con acciones alineadas con los valores personales. Estas herramientas permiten que los jóvenes comprendan que sentir miedo, frustración o tristeza forma parte de la experiencia humana y que ninguna de estas emociones debe impedirles construir una vida significativa.
Este enfoque resulta especialmente relevante durante la adolescencia, una etapa marcada por profundos cambios físicos, emocionales y sociales. Aprender a gestionar las emociones sin intentar evitarlas o suprimirlas fortalece recursos personales que pueden favorecer un desarrollo psicológico más saludable y prevenir dificultades futuras.
Los beneficios también se observan en problemáticas de mayor complejidad clínica. La evidencia disponible señala que la Terapia Dialéctica Conductual adaptada para adolescentes es una de las intervenciones con mayor respaldo científico para jóvenes que presentan autolesiones, ideación suicida o una marcada desregulación emocional. El entrenamiento en habilidades como la regulación emocional, la tolerancia al malestar y la efectividad en las relaciones interpersonales ha demostrado contribuir a disminuir conductas de alto riesgo y mejorar la estabilidad emocional.
Otro aspecto que comienza a recibir mayor atención es la experiencia de los propios adolescentes durante el proceso terapéutico. Diversas investigaciones cualitativas muestran que muchos jóvenes identifican el cambio no únicamente porque disminuyen sus síntomas, sino porque aprenden a comprender sus emociones sin sentirse definidos por ellas. Sentirse escuchados, validados y libres de juicios favorece el desarrollo de una mayor autonomía y fortalece su capacidad para enfrentar los desafíos propios de esta etapa de la vida.
No obstante, estos avances también plantean importantes retos para la investigación y la práctica clínica. Aunque los resultados son alentadores, todavía existen diferencias entre los programas utilizados en distintos estudios, lo que dificulta establecer con precisión cuáles son las estrategias más efectivas en cada contexto. De igual manera, aún son escasas las investigaciones que permitan conocer si estos beneficios se mantienen durante la transición hacia la adultez.
También persiste una brecha importante en términos de diversidad cultural. Buena parte de la evidencia proviene de países con sistemas de salud y contextos sociales muy distintos a los de América Latina. Esto hace necesario desarrollar investigaciones que permitan comprender cómo estas intervenciones responden a las necesidades de poblaciones con diferentes realidades sociales, económicas y culturales.
A estos desafíos se suma uno especialmente relevante: el acceso. La implementación de terapias contextuales requiere profesionales con formación especializada, condición que limita su disponibilidad en muchos sistemas de salud y en instituciones educativas. Al mismo tiempo, el crecimiento de herramientas digitales y aplicaciones de apoyo terapéutico abre nuevas oportunidades para ampliar su alcance, aunque todavía es necesario fortalecer la evidencia sobre su eficacia y establecer marcos regulatorios que garanticen intervenciones seguras y de calidad.
La evolución de las terapias contextuales refleja un cambio profundo en la forma de comprender la salud mental infantil y adolescente. Más que centrar todos los esfuerzos en eliminar el malestar, estos enfoques buscan desarrollar habilidades para convivir con las emociones, afrontar la incertidumbre y construir proyectos de vida con sentido.
El desafío ya no consiste únicamente en demostrar que estas terapias funcionan. La verdadera tarea es identificar en qué condiciones ofrecen mayores beneficios, cómo adaptarlas a diferentes contextos culturales y, sobre todo, cómo garantizar que más niños, adolescentes y familias puedan acceder a intervenciones psicológicas de calidad, respaldadas por la mejor evidencia científica disponible.
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