El terror por la diferencia

Las posturas radicales funcionan como un ataúd de acero: impiden una mirada distinta.

La lengua española (y cualquier lengua) se defiende cuando las ideas y los puntos de vista que se exponen con esta ayudan a construir o a rescatar la armonía y el respeto, bases insustituibles de la convivencia.

En primera instancia, este espacio se ha destinado a despejar dudas técnicas de la escritura o del discurso verbal, tomando como referentes casi siempre las normas que rigen el uso idiomático. Sin embargo, el poder de la palabra se extiende hasta el efecto en los receptores: en las reacciones y actitudes que en ellos se desencadenan. Y más todavía: en la historia que todos construimos todos los días.

Por eso, también vale la pena (y quizás más) centrar la atención en los contenidos y en las cargas semánticas y pragmáticas de algunos mensajes que inundan los medios y, más que nada, las redes sociales, espacios en los cuales incontables personas exponen sus opiniones, como un derecho inalienable, en el que se da por sentado el ingrediente de la libertad.

La intención aquí consiste en examinar qué se dice, cómo se dice y, sobre todo, pronosticar el efecto de las palabras en la amplia audiencia, que no siempre cuenta con los elementos adecuados de juicio para identificar cada uno de los delgados hilos con que se tejen los mensajes soterrados.

La mayoría de la gente atiende más a la literalidad, a la superficie de las ideas. Y la parte más grande y profunda de un iceberg es aquella que permanece oculta.

Agradezco mucho a los lectores que acuden a la sensatez cuando remiten sus apreciaciones, para que caigamos en la cuenta de nuestros desaciertos; todos los seres humanos somos imperfectos.

En eso consiste el diálogo enriquecedor: en el intercambio de impresiones que permitan reparar en las faltas de coherencia, en advertir las imprecisiones, de todo tipo. Y creo que son las demostraciones sólidas y la argumentación fundamentada los más adecuados recursos para que esbocemos una sonrisa al descubrir nuestras propias fallas. Nadie puede reparar un error cuando ignora que este lo es.

En cambio, las posturas radicales funcionan como un ataúd de acero: impiden una mirada distinta, así sea más lúcida. Mientras la existencia toda se siga asumiendo a partir de las emociones desbordadas, de las pasiones incontrolables, cualquier idea diferente va a constituir un pretexto para el ataque.

Son repetidos los rechazos a las ideas distintas porque sacuden los cimientos de las propias; por lo regular, cerradas.

El terror invade a quienes descubren apenas un indicio de que sus percepciones trilladas carecen de fundamento; los dedos se crispan y los ojos se desorbitan frente al espejo. Es como un fanático del fútbol al que nada le importa que su equipo del alma haya marcado los goles del triunfo en fuera de lugar; para él no cuentan la coherencia y la validación, sino mantenerse en el refugio de la ficción. Pisar el suelo aterroriza sus fantasías.

Nadie puede recoger la información total de la existencia humana; pero cada quien ha tomado los estímulos de su tiempo, de su lugar y de su cultura, de acuerdo con las percepciones de sus circunstancias. No obstante, “nuestra” cultura no es “la” cultura, “nuestra” visión del mundo no es “la” visión del mundo.

De ahí que intentar un rodeo por los tiempos (la historia), cambiar la radicalidad por la mente abierta y conocer las experiencias ajenas (“los zapatos del otro”) enriquecen la panorámica de la existencia con más elementos de juicio.

El progreso de una sociedad aumenta cuando sus integrantes cometen menos errores a partir de una reflexión continuada y pretenden servir más a los otros. Nada tienen que ver los gigantescos puentes, las infinitas autopistas, los descomunales centros comerciales o la estampida de artefactos electrónicos si las personas viven sumidas en una angustia constante y en una competencia artificial, inútil y arbitraria.

Lo reiteramos: cada quien puede buscar sus propios senderos en el campo abierto o fijarse a manera de prótesis las anteojeras para continuar por la trocha o el carril que otros le han abierto.

Con vuestro permiso.