Discurso de grado Valeria Murcia Valdés

Nunca he tenido la posibilidad de navegar, pero realmente no hay que haber navegado para entender cómo funciona un faro. Una luz muy potente se coloca en lo más alto de una torre, en una costa, y cada cierto tiempo un haz de luz gira 360 grados para servir de guía a los marineros, sin importar de qué dirección vengan.

Lo clave de esa fuente luminosa es precisamente que nunca para de girar, porque de esa manera todos los navegantes, vengan de donde vengan, tendrán las mismas posibilidades de encontrar la costa. Saben que esa fuente luminosa apuntará en una misma dirección después de un intervalo de segundos.

Pero no hace mucho tiempo encontré una nueva interpretación sobre los faros y es una explicación musical. Un cantautor uruguayo, reconocido seguramente por algunos de ustedes, compuso una canción después de haberse perdido una tarde en un territorio cercano a una costa.

Según cuenta él narrando su historia, salió a caminar por los alrededores de un lugar que conocía muy poco. Sin darse cuenta, pasó el tiempo, pasaron las horas y se hizo de noche. Había caminado tanto que no había señales de algún pueblo, lo único que podía ver era un faro cercano que llegaba al mismo punto cada 12 segundos. En medio de la situación, el cantante llegó a una analogía que le permitía entender la importancia detrás de esos instantes en la penumbra.

Y escribió lo siguiente: “un faro quieto nada sería, guía mientras no deje de girar. No es la luz lo que importa en verdad, son los doce segundos de oscuridad para que se vea desde alta mar. De poco le sirve al navegante que no sepa esperar”.

Cuando hablamos de los faros siempre pensamos en la luz y poco pensamos en los otros segundos en los que todo está absolutamente oscuro. Si no hay otros barcos y si no hay poblados cercanos, lo que queda cuando la luz del faro está dando la vuelta, son 12 segundos de oscuridad.

Y de pronto eso es algo que uno entiende cuando empieza a crecer y esos destellos de luz, que parecían alumbrar el cielo permanentemente, son cada vez más escasos o cuando la espera es cada vez más prolongada.

Por ejemplo, es maravilloso cuando un texto sale estupendamente, en el caso de los periodistas. Se publica en el periódico sin errores, con todas las fuentes, con un vocabulario bellísimo y, más importante aún, con una investigación que sentimos que realmente le aporta en algo a los que nos leen. No una nota de esas que da clicks. 

Qué bien se siente cuando te felicitan por haber publicado ese texto, o te reconocen por haber sacado adelante esa nota de televisión, o un proyecto que sale bien, en el caso de la comunicación estratégica empresarial. Cuando nos aplauden en el estreno de un documental o un corto del que hicimos parte. Siempre se siente bien, son los destellos de luz que de alguna forma reafirman que estamos yendo por buen camino.

Pero todos sabemos que ninguno de esos productos cae del cielo. En el mundo del periodismo, especialmente, no hay mucho tiempo para sacar obras maestras a diario y se requiere tiempo para sacar algo realmente bueno.

Hay que haber buscado y llamado insistentemente para conseguir entrevistas, más aún teniendo una fecha límite. Hay que moverse e incomodarse para llegar a lugares a los cuales quizá no siempre queramos ir. Se requiere además pasar horas largas, quizá fuera del horario de trabajo, para pulir cada detalle. 

Y eso implica dejar de ver a la familia en algunas ocasiones o sacrificar tiempo valioso con los amigos. Implica estar lejos por temporadas largas o incluso agotar hasta la última neurona para entregar algo de lo que estemos realmente orgullosos. 

Después de todo ese esfuerzo a tientas, esperamos con ansias ese haz de luz. Muchas veces sale bien, pero hay otras en las que por fin tenemos ese texto listo y se lo entregamos a los editores, y… deciden no publicarlo en el último instante o tumbarlo porque hace falta algún detalle. Otra vez los 12 segundos de oscuridad.

La experiencia nos permite darnos cuenta de que, incluso en esos momentos o en otros peores, la Universidad nos abrió una puerta inmensa para empezar este capítulo con tenacidad y siempre mirando lo que se puede hacer mejor. Los profesores que más nos exigieron fueron los que más nos ayudaron a aprender y eso incluye a los que nos daban en el orgullo con una calificación de 2 o 3, porque había que aprender. 

La Facultad nos ubica, nos da opciones, nos reorienta y nos ayuda a mirar perspectivas que quizá nunca imaginamos. Nos da espacios con las mejores herramientas para probar y que encontremos nuestras pasiones. Trae al campus no sólo profesores excelentes, sino invitados que aportan a ese aprendizaje diario y que nos dan un vistazo aún más cercano del mundo profesional al que vamos a llegar. 

La Sabana, para mí, es también una institución que creyó en mí y en muchos compañeros sumamente talentosos desde el comienzo. Decidió invertir en nosotros a través de sus programas de becas y ayudas económicas a lo largo de toda nuestra carrera, para que hoy podamos desempeñarnos como profesionales. 

Reconoció los momentos luminosos con sus premios y reconocimientos, pero siempre tuvo un balance claro para que nos esforzáramos en cumplir nuestros objetivos. Así que gracias Universidad de La Sabana y Facultad de Comunicación, porque aprendí que está bien fallar y está bien ganar, siempre y cuando aprenda de ello. Gracias por hacerme una persona más humilde, capaz y lista para enfrentar los retos. 

Gracias por presentarme a los amigos que me quedarán para toda la vida, a los incondicionales y los que me enseñaron de las bondades y los terrores de trabajar en equipo. Los que me hicieron reir por horas en los huecos y los que lloraron conmigo cuando les dije que me iba a trabajar a otra ciudad. 

Gracias Sabana por permitirme cantar con el coro y por dejarme cumplir el sueño de dirigir un programa de radio. Por enseñarme a valorar el tiempo, porque cinco años se pasan en un parpadear, por preocuparse por darme un transporte que me llevara con más seguridad a mi casa y por darme las herramientas para sobrevivir en las hostiles salas de redacción. 

Gracias a Dios por permitirnos estar aquí, por darnos todas las opciones para que hoy seamos profesionales y por bendecirnos siempre de maneras inimaginables. 

También gracias siempre a la familia, que ha estado ahí en cada caída y momento de incertidumbre. Por ser la más benevolente con los textos y por ser la protagonista de nuestros primeros cortos. Les agradezco hoy, en nombre de todos mis compañeros, por el esfuerzo que implica para ustedes enviar a un hijo a la universidad y por no cortarnos las alas al decidir lo que queríamos estudiar. Gracias por permitirnos crecer, por corregirnos, por dejar que nos equivoquemos y por caminar a nuestro lado en toda circunstancia. 

Son ustedes y los aprendizajes que nos han brindado, los que nos ayudan a buscar el rumbo en el mar y los que nos permiten apreciar cada instante en el que trabajamos fuerte y pacientemente en búsqueda de la verdadera luz… No la que parte del reconocimiento ni los aplausos, porque eso eventualmente se acabará, sino la que nos da la certeza de que estamos haciendo algo que no solo llena nuestras vidas, sino que puede intervenir e impactar muchas vidas más. 

Muchas gracias.