"Busquen el bien, no vendan su identidad ni se pierdan a ustedes mismos por un pedazo de papel que sube y baja como abanico en la bolsa"

Quisiera comenzar estas palabras, que pretendo, no sólo sean mías, sino a la vez, de todos, con una anécdota de mi infancia que llevo en el corazón. Se siente ingenua, pero promete ser profunda y confío en que con ella voy a expresarles este sentimiento, que sé, es común a todos. Un sentimiento que nos sale por los poros, con energía y con pasión, porque nuestra juventud se nota en el afán de vivir. ¡Queremos todo ya! ¡Tuteamos a todo el mundo! Sonreímos y podemos hacer la diferencia porque nuestros pasos se sienten. Hoy celebramos que culminada esta etapa, nuestra vocación queda, oficialmente, al servicio de la sociedad.

Empezando con la anécdota, cuando era pequeño, como muchos de us-tedes, jugué con arcilla, algunos de mis compañeros tenían mucho talen-to, hacían castillos, tazas, platos y regalos del día de la madre. Mientras tanto, otros, que le encontraban otro uso, se la comían como si fuera un manjar. Las niñas, por ejemplo, encontraban arcilla en su pelo y las ma-dres se aterraban pensando en lo piojos que podían tener. Sin embargo, lo que todos tenían en común era ese momento en que utilizaban la arcilla para crear y dar forma, para moldear, remover y aceptar imperfecciones, y quiero que lo recuerden porque ustedes y yo somos eso el día de hoy, somos arcilla, somos tierra y somos polvo. Somos la figura que nuestras propias manos han moldeado, con las directrices y la orientación de Dios (para quienes crean en el), y de nuestros padres, familiares, amigos y maestros.

Esta es una linda metáfora para entender un poco lo que somos, pero ¡atención!, hay algo que no les he comentado sobre la arcilla, sobre lo que somos ustedes y yo. Les cuento: para que la arcilla quede lista y no se estalle en el horno, hay que sacarle el aire a golpes, de lo contrario no resiste las altas temperaturas. Hoy, mi abuelo, uno de mis primeros héroes en todo el mundo, está en medio de un cáncer que lo consume como agujero negro y succiona la luz en sus ojos. Pero él no es una vela que se apaga. Es un destello que se aleja de la tierra que pisamos, porque ya la tierra no es para almas tan puras como la que tiene. Él es arcilla que se purificó con cada golpe. Y es que la vida nos puede sacar el aire a golpes a ve-ces, ¡pero somos arcilla flexible!, que cambia y que aprende, que crece y se expande para alcanzar los sueños, que se endurece para proteger a los que ama y se acomoda a la escasez de los espacios pequeños, con sencillez. Por eso los golpes no son amenazas, sino retos, experiencia que nos fortalece y nos guía hacia el bien más alto.

No podemos ser otro plato que se rompa con la presión, que flaquee en sus valores cuando la sociedad lo exija. Y aún si todos los demás caen en la corrupción, ninguno de nosotros se puede dar el lujo de hacerlo, porque nuestra arcilla, ¡la nuestra!, no estalla. Cada corazón que sale hoy de La Sabana, tengan la certeza, es firme y bueno, pero sobretodo bueno por nuestras familias, nuestros profesores y nuestra educación, ahí está Dios.

Y es que si nuestra arcilla fuera sólo una masa no estaríamos hablando aquí de ella. Nosotros somos más que sólo materia prima de trabajo, ¡y allá es a donde voy! No somos un recurso más del mercado, ni estamos en este mundo para dejar más dinero en el banco, estamos para producir esperanza y cambio, para que cuando estemos como mi abuelo de 92 años, todos tengamos la satisfacción de la vida que hubiéramos querido vivir. ¡Que nuestras arrugas sean las marcas del amor que dimos y del servicio que prestamos!, y que seamos los más arrugados porque ese cansancio fue nuestro éxito.

Que si defienden un juicio o escriben una nota, si hacen un contrato o dan una clase, si dirigen una institución o incluso, un país, no estén buscando riqueza, sino el bien. Suena obvio pero no lo es. Piensen esto por un mo-mento: en la economía cualquier bien vale más cuando es menos común, y yo les digo, hoy lo menos común de todo es el bien, por lo tanto, hacer el bien es lo que más vale. Entonces no se conformen con el dinero, sean mucho más ambiciosos y busquen el bien, no vendan su identidad ni se pierdan a ustedes mismos por un pedazo de papel que sube y baja como abanico en la bolsa.

Y cuando nos equivoquemos señores, la manera de alzar la cabeza y de sacar pecho, es con humildad y sencillez, recuerden que bajar la mirada requiere más valor y grandeza que aparentar una falsa dignidad. Que no se nos olvide que somos polvo con agua, pura arcilla que puede cambiar toda la tierra, no por ser poderosa sino por ser tierra, somos la materia constitutiva del cambio que queremos. Y no se trata de ir contra la corriente, ni tampoco de dejarse llevar por ella. Se trata de tener, cada uno, su propia corriente con un criterio firme que la oriente hacia el bien.

Siendo así, sólo me queda dar las gracias a Dios, en primer lugar, porque ÉL ha sido el alfarero que le dio forma y sentido a mi barro, tejió mi vida como abrigo de lana, dorada y cómoda en la prosperidad, de paja y de tri-go en la escasez, pero siempre caliente y acogedora.

Gracias a mi familia, porque me enseñó a ver que no sólo hay arquitectura de edificios, sino de sueños. Me enseñó que el único deporte que no se puede dejar de practicar es el perdón, porque es más inteligente el amor que el odio.

Gracias a mi segunda familia, mi Facultad: la de Comunicación Social y Periodismo. Gracias por ser ese templo de letras y de cultura, lleno de ri-sas y también de quices de actualidad, de maestros que no se cansan de enseñar y de escuchar, y de compañeros que refutan, que confrontan, que debaten, y que son críticos sobre la base del respeto.

Personalmente, gracias por la Beca Excelencia que me permitió estudiar toda la carrera, GRACIAS porque mis conocimientos son fruto de su gene-rosidad. Dr. Manuel González, Decano de la Facultad, gracias por haber sido la primera persona que me abrió las puertas en la Universidad cuan-do me hizo la entrevista de admisión, gracias por haber tenido fe en el pro-fesional en el que me convertiría. Extiendo este mismo agradecimiento a la que era entonces Decana de la Facultad, Adriana Patricia Guzmán de Reyes, una persona que se ha dedicado a formarme con paciencia, fuerza y confianza, desde su profesión y su calidad humana. Una persona con sangre de maestra, que le pone exigencia al corazón, y corazón a la exigencia. Gracias a la directora de estudiantes María Inés Díaz, a Juan Carlos Campo, y a todos los profesores y administrativos de la Facultad que siempre estuvieron ahí. Nunca será suficiente agradecerles tan sólo con una mención en el discurso de grado, pero es lo mínimo que puedo hacer aquí frente a ustedes reconociendo el esfuerzo de personas buenas que no han tenido miedo de hacer el cambio.

Finalmente, gracias a la Universidad de La Sabana, porque creyó en cada uno de nosotros desde siempre. ¿Y cómo lo sé? Lo sé porque lo hizo incluso desde su fundación. No nos conocía pero ya creía en el cambio que cada uno podía hacer. ¿Y es que quién da un salto de fe por alguien que no conoce? ¡Nadie! Y eso fue lo que la Universidad hizo cuando se formó, por los estudiantes del futuro, de las nuevas generaciones y de hoy! Se botó de cabeza en el abismo confiando en que el paracaídas abriría con libertad y con firmeza. Y yo les digo, hoy el paracaídas está más abierto que nunca, y nunca tan firme como hoy. Gracias por fundarla y por mantenerla. Lo justo, lo correcto, y lo merecido, es dar gracias a todos ustedes nuestros directivos y a quienes los han antecedido en esta obra, que se universaliza desde su propio corazón en cada uno de nosotros. Gracias porque en la arquitectura de sus sueños nuestro éxito ya estaba.

Celebremos hoy porque nos estamos graduando de una institución que creció a nuestra propia escala, humana en cada ladrillo, la misma institu-ción que hoy tiene el primer hospital simulado de la región, que cuenta con laboratorios de neuromarketing, de ingeniería y de robótica; que tiene salas de audiencia, nuestros estudios de televisión y de fotografía en comunicación; el master y las salas de edición y de ensayo. Gracias por el Centro de Acondicionamiento Físcio, el tennis de mesa y los kayaks; por la pizza, los sandwiches y, por supuesto, por el especial de carne con papri-ka. Gracias por las convivencias y la línea amiga, y por el apoyo al Papa Francisco en su visita.

Hoy, más que nunca, me siento orgulloso de ser arcilla de La Sabana, porque la cerámica de aquí no se rompe y se se rompiera, se reinventa y se reconstruye. Seamos alegría, porque como lo dijo el Papa, sin alegría no se atrae a nadie. Y es así, al mejor estilo de esta alegría, que quiero terminar nuestras palabras: con una sonrisa en mi corazón, en el de ustedes y en el de La Sabana.

Muchas gracias a todos. Mis más sinceras felicitaciones a mis compañe-ros graduados. Vivan la vida que se avecina con ánimo y aventura, de forma estratégica y picante. Con la emoción del servicio bien hecho y bien recibido, con los oídos abiertos para entender, que por duro que suene, si la arcilla existe, es para servir con amor a la realidad en la que está, servir aunque duela. Por lo cual, los invito a dejarse golpear como arcilla por esta frase final, que no es mía, sino de una mujer de hierro, de barro y de miel: ‘el que no vive para servir, no sirve para vivir’. Madre Teresa de Calcuta, monja heroína y Premio Nobel de paz.

Mil gracias.