Con talento es más fácil gestionar la innovación

Columna de opinión por: María del Pilar Sepúlveda Calderón, profesora del área de Innovación y Emprendimiento.

María del Pilar Sepúlveda, profesora del Departamento de Innovación y Emprendimiento

En la economía del conocimiento del Siglo XXI, la riqueza no es generada por la mano de obra como lo fue en la era de la agricultura del siglo XIX, ni por los grandes capitales en la era industrial del siglo pasado, la producirá el talento y solo el talento. En la primera mitad del siglo XX, muchas regiones y países abandonaron la idea de que la agricultura iba a ser el motor del desarrollo, se dedicaron a la manufactura y se enriquecieron. Pero más tarde se dieron cuenta, que lo valioso era el conocimiento que se necesitaba para fabricar y no la producción.

En la vieja economía quien controlaba la venta exclusiva de un producto o quien tenía un único ejemplar de algo se podría volver extremadamente rico, y aunque todavía existen muchos productos exclusivos, estos ya no son el motor de la nueva economía, y quienes lo controlan ya no son los hombres más ricos del mundo. Mantener la "exclusiva" en un mundo digital generalmente conlleva a la pérdida de valor.

En la nueva economía, lo constante es el cambio. La nueva materia prima se llama cerebro. Con talento se podrá enfrentar los mercados globales, competir con países desarrollados que comprometen grandes inversiones en I+D+i, internacionalizar la investigación. Hoy el activo más importante es el conocimiento y la cultura de una organización debe estar sustentada por la innovación. Y debe ser así, la velocidad en la que avanza la tecnología, clientes cada vez más informados y conscientes e incertidumbre en los mercados, todo esto, obliga a las empresas a pensar diferente, cambiar sus viejas estrategias, romper paradigmas, tomar riesgos y rodearse del mejor talento.

Cuando el desarrollo de un país depende de la mano de obra es muy difícil que sus índices de productividad mejoren año tras año. Para esto se necesitará únicamente de un pueblo disciplinado que se levante una hora antes a trabajar y que tenga algunos recursos de producción. Cuando se depende del capital, sólo quien tiene los recursos suficientes puede cumplir con la demanda y ser competitivo. Pero en la era del conocimiento y del talento, sólo se requiere de emprendedores apasionados, con buenas oportunidades de negocios, algunos colaboradores, trabajo intenso y un poco de suerte, así probablemente el éxito estará asegurado.

Sir John Rose, ejecutivo en jefe de Rolls-Royce afirmó: "en el futuro no hablaremos de países desarrollados, en vías de desarrollo o subdesarrollados. Hablaremos de países talentosos, los que trabajan para ser talentosos y los que se olvidaron de desarrollar el talento".

Yo creería que esto lo saben los emprendedores y los empresarios. No obstante, continúan haciendo lo mismo que les funcionó en el pasado y siguen hablando de cultura innovadora, cuando en sus empresas no existen prácticas, ni políticas que incentiven a sus colaboradores a crear y a pensar diferente, quien comete un error, simplemente se va. Alguna vez escuché el discurso de un emprendedor, y él decía: "cuando inicié mi aventura empresarial cometí un gravísimo error, no haberme rodeado de talento, porque sabía que el talento costaba. Pero hoy ya posicionado en el mercado comprendí que para crecer y ser innovador, necesitaba rodearme de los mejores talentos".

Parece ser, que las empresas y sus líderes se han dedicado más a trabajar la eficiencia y se olvidaron de crear y entregar valor. Tal vez porque la segunda es mucho más compleja que la primera. La creación de valor busca explorar el futuro, aprender de cometer errores, líderes de mente abierta, espacios que estimulen la creatividad y talentos que logren tangibilizar las ideas. Pero el gran problema del siglo XXI es que continuamos tomando decisiones estratégicas analizando el pasado.