Mensajes engañosos

El uso constante y personal del dispositivo móvil ha impuesto la creencia de que el nombre registrado allí corresponde al del supuesto emisor.

“¡Ay! Tatty me envió un mensaje: dizque que ya no hay concierto”, informa una adolescente a su grupo de amigas, mientras ella misma se apresura a indagar más desde su dispositivo móvil: “Pero, ¿cómo así? Ya tenemos las boletas compradas, y a todas ya nos dieron permiso de ir”. Transcurren algunos segundos, eternos para la impaciencia juvenil, antes de recibir la respuesta: “No sé qué pasó –escribe Tatty–. El caso es que ya estoy aquí en la casa con mi mamá, y no saldré esta noche”.

     Estos mensajes hipotéticos podrían despertar sospechas entre las amigas de Tatty, sobre todo si verificaran que están escritos con la acentuación correspondiente, con los signos de puntuación adecuadamente marcados y con un manejo de la sintaxis (orden de las palabras) simple, pero claro. Ninguna de ellas sabe que la mamá de Tatty es profesora de gramática y literatura; además, la angustia, tristeza e impotencia juntas les impide descubrir esos detalles, sobre todo ante la posibilidad de no asistir al concierto, el asunto que más les preocupa en ese momento.

     El uso constante y personal del dispositivo móvil ha impuesto la creencia de que el nombre registrado allí corresponde al del supuesto emisor. Si junto al texto se lee “mamá”, se da por presupuesto que es ella quien lo escribe o, si dice “Juan”, se asume que él envía el mensaje. Pero los artefactos no son las personas; esos dispositivos pueden ser manipulados en esta época por diferentes usuarios y casi con la misma destreza. Sin embargo, muy pocos se toman el trabajo de verificar si el estilo se ajusta a del emisor, que se supone ya conocen.

     El motivo de estas omisiones quizás esté centrado en la ligereza y en la celeridad con que se establece este tipo de comunicación. Eso, sin contar que las particularidades de los mensajes tienden a disolverse en el mundo virtual. Al parecer, quienes empiezan a engranarse en este proceso adoptan, sin permitirse un asomo de duda, el estilo masificado. Y, cuando todos se acogen el estilo de la masa, ninguno cuenta con uno propio, porque cada quien se convierte en el gránulo de ese bolo no tan alimenticio y sí muy amorfo.

     Por eso, sin que asombre, en una noticia se informa cómo un grupo de piratas informáticos accedió a las cuentas de varias empresas para apropiarse de miles de millones de pesos. A las personas que trabajan allí les llegaba un correo electrónico en que les solicitaban de manera inmediata trasladar alta sumas de dinero a determinadas cuentas bancarias. Como los titulares de esos correos eran conocidos por los receptores y, aparte de ello, los supuestos emisores del mensaje ocupaban un lugar más elevado en la jerarquía empresarial, pues esos incautos lectores se limitaban a cumplir las órdenes que creían eran impartidas por sus jefes.

     Suponemos que muchos de estos empleados habrán pensado algo así como “es una orden del presidente de la compañía” o “el gerente financiero me solicita trasladar los 1.200 millones para aprovechar una compra favorable de materia prima”, etc. Por supuesto, a muchos de esos empleados, asistentes, secretarias o, sencillamente, subordinados les habrá bastado con ver un nombre y un apellido (casi siempre en un correo institucional o empresarial) para imaginar que esa persona había enviado el mensaje. Sí: infinidad de estafas se ejecutan con métodos muy parecidos.

     En estas actuales circunstancias que afronta el mundo, de afán desmedido y de celeridad incontrolable, las posibilidades de tomarse un tiempo para pensar se reducen cada día más. Parece que la orden, ante las imposiciones del mercado, la publicidad o los negocios en general, o ante las metas fijadas para el éxito monetario, apunte más a que se actúe, se haga, se produzca, se dé resultados, y que así se disuelva cualquier oportunidad para reflexionar. Y esa falta de reflexión, de manera utópica, la está supliendo la tecnología, la que dicta ahora las instrucciones de la vida, y la siguen llamando “vida” aunque sea repetida, prefabricada y masificada.

     Así, la palabra, el lenguaje en su sentido amplio, que ha sido el asunto central de este espacio, tiende a petrificarse o a cuadricularse. Y como este es el fundamento del pensamiento, nada debe extrañar que también acabe formateada, aunque se crea que muchas decisiones son autónomas. No obstante, olvidan que se toman porque están sujetas a patrones ya preestablecidos.

     Entonces, que sean solo las máquinas, los cálculos, las tablas de Excel, los programas y las plataformas las que determinen y “decidan” el destino de la humanidad, como si los seres humanos fuéramos criaturas que pudieran moldearse y restringirse todo el tiempo y todas a la vez.

     Con vuestro permiso.