IX Congreso Internacional sobre La Familia: la persona ON/OFF. Desafíos en la cuarta revolución industrial.

El 05 y 06 de septiembre de 2019 realizaremos el IX Congreso Internacional sobre La Familia: la persona ON/OFF. Desafíos en la cuarta revolución industrial, para el cual contamos como socio estratégico con Interaxion Group, organización internacional dedicada a la educación del uso responsable de ambientes digitales. En el congreso participarán expertos nacionales e internacionales de diferentes disciplinas. Se abordarán  diferentes problemáticas, oportunidades y desafíos que enfrenta la familia hoy. 

Objetivo General

Identificar elementos para asumir de forma positiva los desafíos que viven las familias ante los cambios asociados a la cuarta revolución industrial a partir de los planteamientos de un humanismo avanzado caracterizado por la dignidad inalienable de la persona humana.

 

Líneas temáticas

Influencia de la Cuarta Revolución Industrial sobre las dinámicas familiares 

  • Avances neurocientíficos y su impacto en los vínculos familiares.
  • Cambios en la educación familiar y en el proceso educativo.

Persona, bioética y la formación del actuar ético desde la familia 

  • Elementos definitorios de lo propiamente humano.
  • Dignidad, identidad, intimidad y libertad de la persona.
  • Singularidad y diversidad funcional de las personas.

Biopolítica y el papel del estado frente a los desafíos de la familia 4.0 

  • Políticas Públicas para la familia 4.0.
  • El reto de los ciudadanos digitales.

Desafíos familiares ante los cambios en el trabajo en la era de la automatización

  • Capacidad del asombro y la formación de la creatividad desde la familia.
  • Virtudes de rendimiento para una vida más efectiva.

Justificación

También llamada Revolución 4.0 es la revolución mundial marcada por la transformación de la humanidad asociada a la convergencia de sistemas digitales, físicos y biológicos. Esta revolución es la continuación de tres procesos históricos transformadores: la primera revolución que fue marcada por el cambio de la producción manual a la mecanizada entre 1760 y 1830; la segunda por la posibilidad de la producción de manufactura en masa gracias a la electricidad alrededor de 1850; y la tercera por la llegada de la electrónica y la tecnología de la información y las telecomunicaciones a mediados del siglo XX. Y ahora, esta cuarta que trae consigo la tendencia a la automatización total de la manufactura por cuenta de los sistemas ciber físico y que es posible por el internet de las cosas y el cloud computing o la nube (Cortina, 2017).

Frente a este cambio de época ha surgido el transhumanismo, que es el movimiento cultural e intelectual internacional que está en la búsqueda del mejoramiento humano -físico, mental, moral, emocional o de otra índole- mediante procedimientos tecnológicos, en especial a través de las biotecnologías, de la robótica y de la inteligencia artificial. En su versión más radical, promueve el advenimiento de una nueva especie poshumana. De tal manera, el poshumanismo tecnocientífico centrado en la robótica y la inteligencia artificial busca la integración del ser humano con la máquina, esto es, la creación del ciborg en sentido pleno (Schwab, 2016).

El transhumano, es entonces un “humano de transición”, alguien que, en virtud de su uso de la tecnología, sus valores culturales y su modo de vida, constituye un enlace evolutivo con la era de posthumanidad que viene. De acuerdo con Bostrom, los signos indicativos del estatus transhumano son la presencia de prótesis, cirugías plásticas, uso intensivo de telecomunicaciones, un perfil cosmopolita y un modo de vida trotamundos, andrógino, de reproducción mediada (tal como fertilización in vitro), ausencia de creencia religiosa y un rechazo de los valores familiares tradicionales (2011, p.172). Todos estos signos no son desconocidos en nuestros días, sino que son en su mayoría una realidad.

En principio, el transhumanismo puede combinarse con un rango amplio de visiones sociales, políticas y culturales que pueden ver en él tanto oportunidades como amenazas para la especie humana. Por ejemplo, entre los temores sobre este movimiento se encuentra el uso de la tecnología para expandir las capacidades humanas o para modificar aspectos de nuestra naturaleza biológica que afecten la dignidad humana y que podrían terminar deshumanizándonos al minar varios “significados” tradicionales tales como el significado del ciclo de la vida, el significado del sexo, el significado del comer, y el significado del trabajo (Bostrom, 2011, p.184). Francis Fukuyama, por ejemplo, destacado bioconservador, ha identificado el transhumanismo como “la idea más peligrosa del mundo” (Fukuyama, 2004).

De otro lado, desde una mirada más optimista se plantea que es posible imaginar cómo las nuevas tecnologías podrían usarse para reforzar algunos valores y principios. Por ejemplo, plantea Calleja (2011), la creación de un medicamento que facilite la unión a largo plazo entre los esposos, lo que podría ayudar a proteger la familia tradicional. O desarrollar maneras de usar nuestros crecientes avances tecnológicos para ayudar a la gente a materializar en sus vidas valores culturales o espirituales mantenidos ampliamente parecería una empresa digna de ser emprendida.

Sin embargo, hay puntos comunes entre quienes ven el transhumanismo como una amenaza o una oportunidad. Ambos coinciden en que afrontamos la posibilidad real de que la tecnología pueda ser usada para transformar substancialmente la condición humana en este siglo y en que esto impone sobre la generación actual una obligación de pensar seriamente acerca de las implicaciones prácticas y éticas. Ambos están preocupados por los riesgos médicos de los efectos secundarios y coinciden en que la tecnología en general y la medicina en particular tienen un papel legítimo que jugar (Bostrom, 2011, p.186).

Un número de organizaciones relacionadas con el transhumanismo han surgido en los últimos años[1], centrándose más estrechamente en asuntos transhumanistas particulares, tales como la extensión de la vida, la inteligencia artificial o las implicaciones legales de las tecnologías convergentes (nano-bio-info-neuro tecnologías) sin embargo, las preguntas de largo alcance para la persona en sí misma, incluyendo aquellas acerca de nuestro lugar en el mundo, de lo estrictamente humano, de la influencia de la vida inteligente en nuestra vida diaria, del destino a largo plazo de la vida inteligente, entre otras, que son parte del transhumanismo y son mucho más amplias y trascendentes de lo que parecen, aún requieren ser tratadas con mayor profundidad utilizando la razón crítica y práctica y nuestra mejor evidencia científica disponible.

 


[1] La Asociación Mundial Transhumanista, es una red internacional de grupos locales y voluntarios que tiene aproximadamente 3.000 miembros de más de 100 países, y desarrolla un amplio catálogo de actividades en la promoción del transhumanismo. El Institute for Ethics and Emerging Technologies, un centro de pensamiento sin ánimo de lucro, fue establecido en 2004 a fin de “promover el uso ético de la tecnología para ampliar las capacidades humanas” (Bostrom, 2011, p.175).

El asombro del hombre por su entorno y por la naturaleza en la que vive ha sido por mucho tiempo, junto con la aspiración a mejorarnos y a perfeccionarnos, la puerta del saber y el origen del conocimiento humano que nos ha permitido avanzar y llegar al desarrollo tecnológico y científico con el que contamos hoy.

No obstante, ante esta nueva era tecnológica, donde las nuevas tecnologías eclipsan en muchos ámbitos la labor personal del hombre y la reemplazan por la labor de las máquinas, vemos que éstas han reemplazado, y continuarán haciéndolo, un porcentaje significativo de las labores que hasta hoy estaban encomendadas exclusivamente a la mano del hombre. Por ejemplo, Andrés Oppenheimer asegura que el cuarenta y siete por ciento de los trabajos existentes corren el riesgo de automatizarse o volverse obsoletos debido a los avances tecnológicos y al crecimiento de los productos y servicios en línea que están por venir en los próximos veinte años.

Así mismo, la hipermodernidad olvida la singularidad y diversidad de las personas. Reflexionar sobre la excepcionalidad y la singularidad de cada ser humano es tanto como hablar de su dignidad, su identidad, su libertad o, lo que es lo mismo, de su responsabilidad. La conciencia y la inteligencia humana son los mejores recursos que nos han sido dados para promover el bien de todos los seres humanos, y esas facultades son irremplazables por la inteligencia artificial (Cortina, 2016).

La singularidad, desde una aproximación antropológica, implica una distinción cualitativa en virtud de la que cada hombre es quien es, diferente de los demás. La singularidad nos constituye de un modo determinado. No se refiere a la esencia que es común a todo ser humano, sino a lo que nos diferencia. La singularidad se manifiesta a través de la originalidad o de la creatividad, que hace a alguien capaz de crear algo de forma distinta de cómo lo realizarían los otros. No nos referimos aquí a la singularidad en el plano metafísico que refiere al carácter de unum, indiviso, ni a la singularidad social, sino a la singularidad antropológica como nota característica de la persona.

En el plano de la educación personalizada y siguiendo a Víctor García Hoz, se identifican principios fundantes y dimensiones. Se distinguen tres principios fundantes: identidad, apertura y originación. En cuanto al de identidad es lo que hace a la persona “ser ella misma” y allí quedan enmarcadas la singularidad, la autonomía, la libertad y la dignidad. Cada persona tiene un modo de ser que es solo suyo, que no le pertenece a nadie más. “Cada uno es idéntico sólo a sí mismo”.

Ante esta realidad, resulta esencial preguntarnos por el cómo manejar y fortalecer la capacidad humana de maravillarnos, de desarrollar la creatividad, de prepararnos para las nuevas labores profesionales, de enfocar la atención y de ser efectivos en el nuevo entorno digital en el que vivimos.

Hoy nos encontramos ante las familias 4.0, entendidas como aquellas familias que están viviendo el cambio de época asociado a la Cuarta Revolución Industrial, una familia que, aunque no cambia su naturaleza antropológica sí cambia de realidad al estar influenciada por un entorno social diferente, marcado por la incorporación del internet de las cosas, de la conexión permanente e instantánea entre sus miembros, la automatización en las cosas y los procesos, los algoritmos que administran y que generan nuevas formas para la toma de decisiones, entre muchos otros cambios que causan un impacto significativo en la dinámica y estilo de vida familiar.

De la misma manera, el cambio de era tiene incidencia en la educación familiar y en el proceso educativo, entonces, la familia como ámbito natural de la persona y primera formadora, es la primera llamada a plantearse los desafíos que la incorporación de las tecnologías trae a su dinámica familiar y a preparar y formar a sus integrantes para asumir los desafíos de vivir en una sociedad biotecnológica.

En esta línea, los avances de la tecnología y su incorporación en la vida diaria han llevado a que la ética práctica haya vuelto a emerger como campo de investigación académica, particularmente estimulado por los avances en reproducción asistida y genética. Este campo es conocido como bioética y muchos de los asuntos ligados al transhumanismo caen bajo sus linderos, así como en otras áreas también implicadas como la ética poblacional, la metaética, la filosofía política y las hermanas jóvenes de la bioética –la ética de la computación, la ética de la ingeniería y la ética medioambiental que pretenden estudiar la bondad de esta inmersión de la tecnología en los distintos escenarios en los que las personas nos desarrollamos (Bostrom, 2011).

En la misma línea, la biopolítica, junto con las dimensiones de la política cultural y económica que forman un espacio de opinión política tridimensional, está emergiendo como una nueva dimensión fundamental que debe ser considerada ante los desafíos que plantea el transhumanismo (Hughes, 2004). Como respuesta a estos retos a nivel político y desde la mirada del papel del Estado como ente soberano controlador, regulador y garante de los derechos de las personas, surge el transhumanismo democrático, el cual une la biopolítica transhumanista con la política socialdemócrata y con la política cultural. Además, señala que alcanzaremos el mejor futuro posthumano cuando nos aseguremos de que las tecnologías son seguras, las hagamos disponibles para todos y respetemos los derechos de todas las personas. Desde esta postura, el transhumanismo democrático concede un papel importante al Estado en la regulación de las nuevas tecnologías, para lograr así esa seguridad requerida y poder garantizar que los beneficios estén disponibles para todos, no sólo para una élite rica o conocedora de la tecnología (Bostrom, 2011, p.182). De allí la importancia de reflexionar sobre ese rol del Estado y las políticas públicas para atender los desafíos que plantea la Revolución 4.0.

Ante este panorama mundial, autores como Cortina han planteado el denominado humanismo avanzado, el cual es entendido como el sistema de valores que nos ha de capacitar para vivir de forma ética y responsable en la nueva sociedad biotecnológica del siglo XXI. Para esto, la clave está en conectar de nuevo el cerebro con el corazón, el intelecto con nuestra alma inmortal, esta reconexión es fundamental para construir una sociedad biotecnológica que se desarrolle de forma consciente, esperanzadora y confiable desde el presente hacia el futuro (Cortina, 2017).

Como ha dicho Schwab, unos de los principales entusiastas de la cuarta revolución, las nuevas tecnologías están cambiando la forma en que vivimos, trabajamos y nos relacionamos. Así mismo, la velocidad, amplitud y profundidad con que se está dando nos obliga a repensar cómo los países se desarrollan, cómo las organizaciones generan valor e incluso el sentido de ser personas humanas (2016).

En este sentido, debemos entender los cambios disruptivos y exponenciales de las tecnologías emergentes para moldear la cuarta Revolución Industrial o Revolución de la Inteligencia en beneficio de todos y a favor del bien común. De esa manera, si aceptamos la responsabilidad colectiva de crear un futuro en el que la innovación y la tecnología sirvan a las personas y a la biosfera, podremos llevar a la humanidad a nuevos niveles de conciencia moral, calidad de vida y bienestar individual y colectivo.

Estamos a punto de tomar las riendas de nuestra evolución como personas humanas y eso nos exige un compromiso ético y universal, así como grandes dosis de responsabilidad equiparable a nuestro grado de conocimientos, autonomía y libertad encaminadas hacia la generación de una sociedad mejorada y al servicio de las personas y las familias.

Referencias

Bostrom, N. (2005). A History of Transhumanist Thought, Journal of Evolution and Technology, 14, 1. 

Calleja, A. (2011). Una historia del pensamiento transhumanista. Argumentos de razón técnica14, 157-191.

Cortina, A. (2017). Humanismo avanzado para una sociedad biotecnológica. España, Madrid, Ediciones teconté.

Cortina, A. & Serra, M. (2016). Singulares. Ética de las tecnologías emergentes en personas con diversidad funcional. España, Madrid; EIUNSA.

Diéguez, A. (2017). Transhumanismo. Herder Editorial.

Fukuyama, F. (2004). Transhumanism, Foreign Affairs September/October. For a response, see Bostrom, N. (2004), "Transhumanism - the world's most dangerous idea?" Betterhumans 10/19/2004. 

García, V. (1985): Educación personalizada, Madrid, España, Editorial Rialp.

More, M. Principles of extropy, Version 3.11 2003. www.extropy.org/principles.htm  

Schwab, K. (2016). La cuarta Revolución Industrial. Madrid: Debate.

Hughes, J. (2004), Citizen Cyborg: why democratic societies must respond to the redesigned human of the future. Cambridge, MA: Westview Press.