El valor de las prácticas educativas familiares

"Si perdemos de vista que la familia es una unidad ecosistémica educativa, perderemos de vista que su principal función natural es la de ayudar a crecer amorosa y sabiamente"

Las prácticas educativas familiares conforman el conjunto de acciones cotidianas con las que se socializan los principales valores morales, los hábitos de vida, los diversos símbolos y sentidos que históricamente se le han adjudicado a la realidad, así como los ideales virtuosos sobre los cuales se constituye la sociedad. Estas praxis pedagógicas son el medio para lograr la conformación de la identidad de nuestros hijos, aunque son formas elementales de formación, procesos que modelan de manera permanente los esquemas y estructuras de pensamiento empleadas por ellos en el futuro para comprender y dilucidar el mundo.

Nuestras prácticas educativas familiares pueden ser caracterizadas de tres maneras: democráticas, autoritarias y negligentes. De igual manera, dependen de cómo en la familia se escuche, dialogue, construyan normas y, en general, se valore la condición de los niños y jóvenes como seres sociales y políticos, es decir, como sujetos sociales de derechos y deberes, agentes fundamentales en la construcción de la sociedad y su núcleo, cuya perspectiva de mundo debe ser considerada para que exista un ejercicio equilibrado y óptimo de las funciones naturales de la familia.

Las prácticas educativas democráticas son intersubjetivas y dialógicas, propician el encuentro familiar y, por ende, el equilibrio ecológico de la unidad, pues son generadoras de procesos de concertación y escucha activa; además parten del reconocimiento recíproco de la condición inherente a los seres humanos sin menosprecio de su edad o papel en el ecosistema familiar.

Es una práctica que se configura a través de las muestras justas de afecto, la búsqueda del entendimiento común, el ejercicio de una disciplina amorosa y reflexiva sobre todo, el diálogo permanente y el interés de construir tanto acuerdos como redes colaborativas de mutualidad familiar. Las familias, cuyas prácticas son democráticas, generan en los que empiezan a formarse un sentido robusto de la justicia y del valor inherente que posee cualquier persona; por esto son niños y serán adultos virtuosos con amplias capacidades prosociales y humanísticas.

Las prácticas educativas autoritarias, por su parte, privilegian la violencia impositiva que surge cuando no se tiene una capacidad razonada para explicar o demostrar la importancia de un principio o de un valor familiar y social. El autoritarismo es una actuación límite y radical, la cual lleva a la imposición de un principio que al no interiorizarse, carece de argumentos. Cuando no existen juicios para demostrar ejemplarmente o explicar dialógicamente una idea, tan solo queda el uso de la fuerza, es decir, un recurso pobre que denota impotencia, miedo, ausencia de reflexividad y capacidad formativa.

Para reiterar, son prácticas que le temen a la concertación y en las que el castigo y la fuerza de los gritos, los golpes, son el principal recurso, en el cual la degradación del valor del otro como persona se erosiona o se pierde. A partir de estas prácticas autoritarias se enseña a temer y no respetar o valorar el papel que cumple cada miembro de la familia. Por ende son niños y serán adultos con bajos niveles de autoestima y autonomía, en otras palabras, personas agresivas que buscarán imponerse, aun en contra de la moral.

Las prácticas educativas negligentes son ejercicios educativos con los que se menoscaban todos los hábitos y valores que podría desarrollar una persona, pues los padres no hacen ningún esfuerzo por guiar y contribuir al desarrollo moral, psicológico, espiritual o social de sus hijos. De esto, resultan padres permisivos cuyas prácticas educativas desencadenarán en conductas indolentes, inmorales y egoístas, es decir, una actitud de soberbia y de entera autocomplacencia; educar de forma negligente es cuando el silencio y la falta de disciplina razonada son el único medio de relación entre progenitores e hijos; un vínculo sujeto a padres que toleran los comportamientos, actitudes de pereza, intolerancia, injusticia, ira, envidia, avaricia o peor, el desprecio y deterioro de la vida. Son niños y serán adultos sin competencias sociales, sin capacidad de autorregulación, estarán constantemente ensimismados.

Nuestras prácticas educativas familiares deberían ser procesos reflexivos, oportunidades para analizar cuál es la forma en que estamos educando. Deben ser momentos para pensar en lo que le estamos donando, en el legado inmaterial que le estamos transmitiendo a lo más valioso que posee la familia: a los hijos. Hay que prestar atención a las actitudes que tomamos en cada espacio familiar, pues todo lo que se haga, diga o calle educa. El mayor ideal es formar en la virtuosidad, en los valores humanos y sociales que nos ayudaran a ser mejores seres humanos, sin embargo, esta tarea es tan grande y difícil que cualquier gesto o silencio la puede afectar. Por ello, hay que crear conciencia acerca de cómo educar, para qué y cuándo. Si perdemos de vista que la familia es una unidad ecosistémica educativa, perderemos de vista que su principal función natural es la de ayudar a crecer amorosa y sabiamente.