Evaluar para aprender

La educación no se concibe sin la evaluación, dimensión que se ha considerado tan vital y relevante que, en los últimos años, este proceso y su ámbito de estudio han tomado distintos caminos. Inicialmente, fue asociada con la evaluación del aprendizaje y el rendimiento escolar, luego con la enseñanza y el desempeño docente y, posteriormente, con la evaluación del currículo, modelos, sistemas, programas y centros educativos.

Por Yasbley Segovia Cifuentes, directora del Centro de Tecnologías para la Academia 

El desarrollo de la evaluación generó una trascendencia fuera del aula, lo que ha permitido la conformación de políticas, además de cimentar la base para el desarrollo e implementación de reformas educativas y, con significación especial, la creación de una cultura evaluativa.

Bajo la meta de impulsar la calidad de la educación y con el lema de desarrollar esta cultura de la evaluación, las políticas de este elemento educativo han tenido como eje la realización de varias actividades en este sentido, lo que implica múltiples focos de acción: de aprendizaje, de los académicos, de los programas y de las instituciones, entre otros.

Existe gran variedad de posturas relacionadas con la concepción de la evaluación educativa; a través de la historia, se ha asociado a términos como medición, examen, prueba, valoración o control, entre otros. Asimismo, se atribuyen al concepto los procesos, los resultados y, por supuesto, la calidad; la realidad es que la evaluación implica la observación tanto del contexto como de los sujetos implicados.

Por lo anterior, considero significativo reflexionar en torno al avance del concepto de la evaluación educativa a lo largo del tiempo y los aportes de diferentes expertos en los períodos en los que se ha marcado su desarrollo y que hoy siguen vigentes, como los postulados de Tyler, Scriven, Cronbach, Kirkpatric, Stufflebeam, entre otros autores.

Indiscutiblemente, los avances de la evaluación redundan en la mejora e innovación de la educación. Es pertinente entonces enfatizar sobre la necesidad de abordar el carácter integral de la evaluación, aunando todos los procesos educativos y respondiendo a las continuas exigencias de la sociedad y de la comunidad educativa. Debemos determinar la efectividad en todos los ámbitos educativos, lo cual involucra el desarrollo de un acto planeado, que permita no solo analizar con detenimiento el objeto evaluado, sino la emisión de juicios cualitativos como base de un proceso objetivo de toma de decisiones, orientado a emprender acciones hacia la mejora y la optimización del sistema educativo.

Durante el desarrollo de mi investigación en los estudios de doctorado, conté con la asesoría del gran maestro español Miguel Ángel Santos Guerra, quien al preguntarle “¿Cómo debe evaluar el profesor?”, me invitó a leer su artículo Dime cómo evalúas y te diré qué tipo de profesional y de persona eres. Este texto explica que un profesor debe enfrentarse a los actores que condicionan la evaluación: las prescripciones legales, las supervisiones institucionales y las presiones sociales; también expone que al diseñar e implementar la evaluación, se desarrollan las concepciones, actitudes y principios éticos del evaluador.

Sin duda, el texto invita al profesor a estar en permanente búsqueda de la mejora continua, bajo la transformación de las condiciones necesarias para que todos aprendan: estudiantes y profesores; finalmente, evaluar es aprender.

Teniendo en cuenta la invitación de Santos Guerra y ante la pregunta de rigor en esta contingencia, sobre “¿Cómo evaluar en la virtualidad?”, mi respuesta es que no importa la modalidad presencial, dual o virtual. Lo relevante es diseñar la evaluación como una actividad de aprendizaje que despierte la motivación y desafíe a nuestros estudiantes.

Si tenemos claro qué vamos a evaluar -rompiendo el paradigma del contenido a los resultados previstos de aprendizaje- y les presentamos oportunamente a nuestros estudiantes el instrumento con los criterios de evaluación, estamos creando una guía para ellos al momento de realizar la actividad y para nosotros al evaluar.

Existen múltiples estrategias e instrumentos de evaluación que la tecnología nos brinda, pero, al momento de seleccionarlos, dependen del resultado previsto y de los criterios de evaluación. Plataformas como Moodle, Teams, Collaborate, etc., cuentan con alternativas como sondeos, cuestionarios, crucigramas, foros, wikis, entre otros. También los juegos permiten evidenciar habilidades blandas, que para muchos es complejo evaluar.

Los instrumentos como rúbricas, listas de chequeo o protocolos de observación, también pueden ajustarse en las plataformas; lo más importante es que permitan incorporar la realimentación permanente para que nuestros estudiantes puedan aprender de sus errores, ser críticos, y, así, logren resolver los problemas reales a los que deben enfrentarse en la sociedad.

Queridos profesores, lo importante en esta contingencia no es la tecnología (esto es muy parecido a nuestra obsesión por la nota); lo relevante es su aporte para recolectar las evidencias que nos permitan acompañar a nuestros estudiantes a que cada vez lo hagan mejor, con una evaluación formativa donde el estudiante sea cada vez mas consciente de su aprendizaje.