Con los abuelitos de La Inmaculada

Por: Daniel Alejandro Higuera Rincón, estudiante de Derecho.

Eran las 2 de la tarde. Empezaron a llegar los voluntarios de sus respectivos almuerzos, para regalar una tarde a los abuelitos de la inmaculada. El día estaba frío, pero el ánimo de los voluntarios, en su gran mayoría asistentes por primera vez, llenaban de alegría y hacían fraterno un grupo de 54 estudiantes dispuestos a ayudar.

Llegamos a la escuela. Un grupo de adultos mayores junto con las hermanas de la comunidad recibieron calurosamente la energía de todos los jóvenes, las risas y la música que entraba por su puerta. Música colombiana, bailes, juegos y una merienda para compartir fue la excusa perfecta para que un viernes en la tarde pasara de ser un día gris, a una celebración para recordar.

Gaitambo inició su toque, con una percusión sonora que lograba ruborizar a las abuelitas, y despertaba a unos cuantos asistentes somnolientos por el clima. Se levantaron los voluntarios de sus sillas a servir y a dar lo que los representa. Alegría. Servicio. El baile hizo que desde el más joven de los asistentes, hasta las hermanas de la comunidad disfrutaran del afortunado encuentro a ritmo de tambores y gaitas. Se hizo la primera pausa. Era tiempo de la merienda.

De inmediato, las hermanas en sinergia con los voluntarios repartieron los refrigerios junto con las hermanas, notables anfitrionas de la celebración. Era el momento oportuno para que se afianzaran los lazos de la comunidad y se vinculara emocionalmente a cada uno de los voluntarios.

Cada abuelito, cada asistente era una historia, y cada historia era un dibujo. Los voluntarios organizaron grupos para acompañar a los abuelitos, colores y hojas se repartieron a lo largo de la sala y en aquellas manos trabajadoras del campo, se materializaron dibujos y paisajes. Cada color, cada trazo tosco e irregular era una historia de amor. De familia. De dedicación. El mayor presente para cada uno de nosotros era ser parte de la historia de aquella mujer y de aquel hombre que luego de décadas de esfuerzos nos compartían un pedacito de su vida.

Al tener el corazón en la mano, se organizó el bingo. Las balotas y los ánimos se agitaban como en el mejor de los conciertos. Grupitos rodeados de cartones entre los abuelitos y los voluntarios, hacían del juego un espectáculo generacional. Agradecidos cada uno de los asistentes, disfrutaban de los comerciales de entre tiempo entre los voluntarios, y los espontáneos reportajes con los posibles ganadores. Gaitambo cerró la tarde con varias piezas musicales.

No había preocupaciones ni tristezas, y los rostros de los asistentes irradiaban agradecimiento y alegría. El cansancio era evidente, pero sería una tarde para jamás olvidar. El trayecto de regreso fue muchísimo más acogedor. La confianza y la satisfacción del deber cumplido les prometieron a los voluntarios una experiencia para atesorar por muchos años.